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DISCURSO
EXCMO. SR. I). FRANCISCO CODERA
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DISCURSOS
leídos ante la
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
EN LA RECEPCIÓN PUBLICA DEL
EXCMÜ. SK. D. FRANCISCO CODERA
EL DÍA 15 DE MAYO DE 1910
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MADRID
«Imprenta Ibérica». — Estanislao Maestre
Calle de las Pozas, núm. 12.
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SEÑORES ACADÉMICOS:
Ajeno por completo á los estudios puramente literarios y alejado de los filológicos, á los que tuve alguna afición hace largos años, fui sorprendido por la amable invitación de ami- gos cariñosos, que habían pensado en proponer mi candida- tura para una de las vacantes en esta Real Academia; no supe resistirme bastante á prestar mi asentimiento, obtenido el cual, acogisteis benévolos la propuesta en mi favor para ocu- par la plaza que entre vosotros había quedado vacante por muerte del Excmo. Sr. D. Manuel del Palacio.
Dispensad si he tardado tanto tiempo en venir á rendiros público testimonio de mi gratitud; ofrecí, no por fórmula, pues tenía intención de llenar lo antes posible el precepto re- glamentario, presentaros la ofrenda de mis escasos conoci- mientos en las materias de vuestro Instituto y me puse á tra- bajar; pero á medida que iba reflexionando acerca del tema elegido para mi trabajo y tomando notas, se extendía mi de- seo de reunir nuevos datos que pudiera encontrar en compro- bación de mi tesis, llevándome ini afición con mucho gusto á volver á leer libros consultados con otro objeto, acumulando notas filológicas que quizá pudiera utilizar; pero la multitud de ellas aumentaba la dificultad del trabajo, porque mi ha- bitual repugnancia y poca facilidad para redactar crecían cada vez más ante la convicción profunda de no saber escri- bir, ya que no con amenidad, al menos de un modo que no os hubiera de cansar mucho, tanto más habiendo de tratar tema árido por naturaleza.
La consideración de la persona á quien vengo á reempla- zar aumentaba la dificultad del trabajo, pues sabía que mi dis-
curso había de carecer de la fluidez y elegancia del que ante vosotros leyera mi antecesor D. Manuel del Palacio, cuyo mérito implícitamente he confesado que no puedo apreciar: asi que, para rendir culto á su memoria, contra las tenden- cias de mi carácter, que no se aviene á aceptar sin asimila- ción propia lo dicho por otros, me habréis de permitir sea breve tornavoz de lo que otros han dicho.
Don Manuel del Palacio ocupó durante largo tiempo un lu- gar distinguido entre los poetas españoles, especialmente en la poesía lírica, siendo uno de los más conocidos y populares por las muchas composiciones suyas que se publicaban en los periódicos, principalmente en El Impar cial, donde al darse noticia de su muerte se añadía (1):
«Sonetos, canciones, poemas y epigramas salían á rauda- les de su pluma. Su fecundidad fué pasmosa, inagotable el manantial de su inspiración. En su obra poética alienta lo tierno y lo melancólico con lo satírico y burlesco; sus rimas eran siempre fáciles y de genuina cepa castellana, y maneja- ba la prosa como un clásico.»
Una sola vez tuve ocasión de hablarle, y por cierto con motivo que honra su memoria: había muerto en un cuartito inmediato á mi habitación la viuda del célebre barítono don Jorge Ronconi, la cual, á la muerte de éste, había quedado sin recursos; D. Manuel del Palacio, que en la época del es- plendor de Ronconi y su estancia en Granada trató mucho á esta familia, á la muerte del célebre barítono no abandonó á la viuda y le señaló una pensión, de la que vivía; al morir, don Manuel del Palacio hubo de sufragar los gastos del entierro, y como mi ama de llaves era hermana do la difunta, y don Manuel del Palacio la había tratado mucho, el modesto corte- jo fúnebre se reunió en mi habitación, figurando al frente y casi solo el Sr. I). Manuel del Palacio.
Al tratar de elegir toma para desarrollarlo ante vosotros oh cumplimiento del precepto reglamentario, se imponía <-l que mi discurso tuviese alguna relación con los estudios ará- bigos, ya que la circunstancia de haberme dedicado á ellos casi exclusivamente durante un tercio de siglo, ora la única
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■que podía en cierto modo justificar rni presencia entre vos- otros.
Recordando que, hace más de cuarenta años, conversan- do diariamente en Granada con el insigne filólogo Sr. Simo- net, y discurriendo ambos acerca de las palabras españolas que cita algún autor árabe, copié y he guardado entre mis pape- les una extensa lista de palabras españolas citadas por Aben- buclarís, estas notas me sugirieron la idea de estudiar en este momento solemne la Importancia de las fuentes árabes para conocer el estado del vocabulario en las lenguas ó dialectos es- pañoles desde el siglo VIII al XII.
Suministran datos para aclarar esta cuestión los documen- tos latino-cristianos de estos siglos y los textos árabes, aun- que en circunstancias bastante diferentes.
Durante largos siglos los pueblos neolatinos tuvieron la costumbre de escribir en lengua latina, y no en el latín vulgar ó rústico de cada país, sino en latín clásico; pero como éste no les era familiar, ni en el vocabulario ni en la sintaxis, de aquí el que emplearan con frecuencia palabras y construcciones no latinas, en mayor ó menor número, según la mayor ó menor cultura del escritor, notándose en virtud de esto anomalías muy particulares, pues á veces resulta que en autores muy antiguos la lengua aparece más alterada y podría creerse más moderna que en ¿tutores bastante más recientes.
Para poderse formar idea clara de la evolución ó transfor- mación del idioma vulgar de los siglos vm al xn hasta llegar á los regionales, hay la dificultad de que, como los documen- tos publicados ó son copias ó no se ha tenido cuidado escru- puloso en su publicación, no se puede aceptar como indiscu- tible la forma de una palabra en una fecha dada por un do-
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c amento, á no ser que éste sea original ó que la palabra cons- te del mismo modo en varios de ellos.
A pesar de que los documentos cristianos de los siglos vm y ix no son muchos en número, ya podemos entresacar de ellos muchas palabras con forma no latina, sino vulgar, y otras que ni siquiera son del vocabulario latino.
El conocimiento de las fechas y de las regiones á que per- tenecen los documentos en que consta una palabra no latina ó una frase de un dialecto ó región, sería de mucho interés para fijar, aunque de un modo vago, el uso de palabras no la- tinas, y convendría hacer un estudio especial en este sentido, publicando un vocabulario cronológico de palabras ó giros auténticos anteriores al siglo xm (2): de ello damos una mues- tra, aunque solo de palabras us¿idas en el siglo vm (3).
Del examen de dicho vocabulario podría, en mi sentir, in- ferirse de un modo seguro, por el hecho de emplearse en va- rias regiones palabras que hoy son especiales de un dialecto, que éstos no estaban completamente delimitados, y por otra parte, los nombres de lugares compuestos de dos ó más pala- bras, y que en documentos antiguos aparecen en forma que podría pasar por moderna, nos podrían dar la clave para ase- gurar que tal ó cual cambio fonético estaba ya hecho, al me- nos en ciertas palabras, en fecha antigua (4).
Algún autor de los que han estudiado y publicado mayor número de documentos latinos de la Edad Media, hizo notar la circunstancia de que en uno del ano '.»(JG so emplea ya el nombre taróla, diminutivo no árabe de palabra árabe (5), lo cual nada tiene de extraño, pues el uso de palabras de origen árabe resulta frecuente entre los cristianos delXorto bastante antes de esta fecha (6).
El hecho de que los documentos literarios escritos en ro- mances vulgares no hayan aparecido hasta fines del siglo xn ó principios del xm, y el de que los pocos conocidos tengan ya algo del tinte especial que caracteriza algunos de los ro- manéis particulares, ha sido causa de que el amor propio lo- cal ó regional haya llevado á escritores distinguidos á preten- der que el dialecto de su región fué el primero en desarro-
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liarse, y del cual se formaran los demás, modificándolo en este ó en el otro sentido, cuando lo positivo parece ser que hasta los siglos xi ó xn á nadie le ocurrió, ó al menos no consta, escribir en documentos públicos como hablaba entre los su- yos, sino en latín, mejor ó peor, según fuera su ilustración: en cuanto, por causas que no es fácil determinar, algunos se deciden á escribir en la fabla en que suele el pueblo fablar á su vecino, si aparecen escritos, en los que se nota algo de lo que después fué propio de un dialecto especial, se cree que eso era ya exclusivo de tal dialecto, y que, si después aparece en otro, éste lo habrá tomado de aquél.
En este estudio ha sucedido algo parecido á lo que se ob- serva al estudiar la marcha de la filología comparada de las lenguas indo-europeas y semíticas: al comenzar estos estudios, en la genealogía de las lenguas no se concebía más parentes- co que el de ascendientes y descendientes, calificando resuel- tamente de ascendiente á aquella lengua que ostentaba de he- cho documentos más antiguos entre los que aparecían con se- mejanzas ó analogías más marcadas: así el dialecto dórico griego era declarado origen del latín, y la lengua hebrea pa- saba por madre de la árabe y de todas las semitas, ya que en éstas las analogías ó semejanzas han sido advertidas por cuantos conocían dos de ellas, al paso que en las lenguas indo- europeas, siendo las analogías más remotas, no fueron perci- bidas hasta que las hicieron patentes los estudios de la filolo- gía comparada.
Del mismo modo se ha discurrido en el estudio de la evo- lución de los dialectos españoles, que aparecen documental- mente hacia el siglo xm: mayor perfección en el documento escrito, real, ó supuesta por el interés regional, hace que el dialecto se considere anterior á otros y origen de ellos, ya que las semejanzas, sobre todo en los primeros tiempos, aparecen más perceptibles.
Las aspiraciones de los asturianos á la mayor antigüedad de su dialecto, aparecen consignadas en la siguiente frase atribuida á alguno de sus políticos, diciendo que «la impropia- mente llamada lengua castellana, pues empezó á hablarse en
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Asturias, tiene influencias regionales que han contribuido á su manera de ser». ¿De dónde consta que comenzara en As- turias? De ninguna parte (7).
Como el dialecto ó lengua gallega aparece en el siglo xm en las Cantigas de Alfonso el Sabio con una perfección que por entonces no alcanza ningún otro dialecto en documento conocido, en ello se fundan los partidarios de la primacía li- teraria del gallego para suponer que los otros dialectos se producen por evolución de éste.
Por su parte, el Sr. Simonet, diligente investigador de los restos de la lengua hablada por los mozárabes de toda Espa- ña, como si éstos constituyeran un pueblo diferente de los cristianos libres, y olvidando por un momento ó prescindien- do de que los datos por él aducidos están tomados de casi to- das las regiones de España, y que mucho de lo poco que consta de los territorios nunca sometidos á los musulmanes, coincide con los datos aportados de los mozárabes, sienta (pág. CXCVII) que «los mozárabes tuvieron gran parte en la formación y progreso del que más tarde se nombró romance castellano, suministrándole, al par con muchos arabismos, todo el caudal de voces vulgares latinas é ibéricas que se habían conservado en los territorios señoreados por la moris- ma», y añadiremos nosotros: y conservados lo mismo y con más razón en los territorios no dominados, ó que lo fueron por poco tiempo; y esto implícitamente lo reconoce al decir en la misma página: «Cúmplenos, sin embargo, añadir por vía de recapitulación que, á nuestro juicio, los mozárabes de toda la Península hablaban, con leves diferencias locales, un lenguaje común, hijo genuino del latín», y efectivamente, lenguaje hijo legítimo del latín, del cual había nacido ya au tes que vinieran los musulmanes, y por tanto, antes que hu- biera mozárabes; hecho que en realidad acepta el mismo au- tor al consignar en la página CXCIX: «Los documentos con- sultados para esta obra prueban que el pueblo mozárabe ha- blaba un mismo idioma en Castilla, en Aragón y en la P.ética y aun en la Espafia oriental; que entonces se usaban en la aljamia de estas diversas comarcas muchas voces que hoy
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pertenecen con especialidad al castellano, y no pocas que hoy sólo se conservan y aparecen, ya en el catalán, ya en el valenciano, ya en el portugués, ya en algunos idiomas del propio linaje hablados fuera de nuestra Península (8). Y lo que es más notable, en los documentos arábigos y mozárabes de ciertas provincias, como Cataluña, Valencia y las Balea- res, sujetas desde remota edad á especiales influencias lin- güísticas, abundan los vocablos de forma y propiedad caste- llanas. Tal fué el natural y forzoso resultado que entre los moradores de la Tarraconense, como en la mayor parte de la Península y en la vecina Septimania, se produjo, primero por la completa romanización del país, y posteriormente por el yugo nivelador de la monarquía gótico-toledana y de la arábigo-cordobesa». YT á pesar de esta confesión del naci- miento de una lengua común en el fondo, antes de la venida de los árabes, no queriendo renunciar á que sus queridos mo- zárabes obtuviesen la preferencia, añade (pág. C): «Al per- feccionamiento del idioma común (de cristianos libres y mo- zárabes) hablado por unos y otros, debieron contribuir en mayor grado los mozárabes que, sobre todo en los primeros siglos, aventajaban en cultura intelectual á los guerreros de Asturias, Galicia y León». ¿Está probado?
No recuerdo haber visto en autores catalanes la preten- sión de que su lengua ó dialecto sea anterior y origen de los otros romances españoles; en el trato frecuente y personal que he tenido con catalanes, apuntan esta pretensión respec- to al dialecto de mi tierra, ó si se quiere ribagorzano, ó más bien norte-aragonés, que pareciéndose aún hoy en muchas cosas al catalán, en vez de suponer que lo que tenemos de común nació espontáneamente en ambos territorios colin- dantes y no separados por la geografía ni aun por la política hasta bien entrada la reconquista, han supuesto, siguiendo lo que podríamos llamar la ilógica tradicional, que el ribagorza- no lo tomó del catalán, cuando por el mismo razonamiento podría decirse lo contrario, sin más dificultad, que en rigor no lo es, de que el territorio mayor, Cataluña, imitase al te- rritorio menor, Ribagorza (9).
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Por el mismo procedimiento podrían los franceses ó ita- lianos pretender que ellos habían contribuido á la formación de la lengua española, pues sabido es que, procediendo ambas (francesa é italiana) del latín, como nuestros romances, tienen el mismo fondo común de vocabulario y morfología, notándose en lo antiguo semejanzas que hoy han desaparecido en gran parte, como sucede con la tendencia á duplicar consonantes en medio de palabra, uso que nosotros hemos abandonado casi por completo, no sin haber consolidado en algunas palabras la duplicación de tres de tales letras, convirtiéndolas en la re- presentación de nuevos sonidos: U, ñ y rr.
II
Los datos suministrados por los autores árabes para el co- nocimiento del vocabulario de los dialectos romances, si bien ofrecen, en mi sentir, tanto respecto al tiempo como á la re- gión, más garantías de autenticidad que los suministrados pol- los documentos latino-cristianos, á no ser que éstos sean ori- ginales y fechados, en cambio, por la índole especial de la escritura árabe, dejan grandísima vaguedad respecto á la fo- nética, no sólo en el caso de que las palabras aparezcan escri- tas sin vocales, como sucede de ordinario, sino aun cuando se escriban éstas, ya que la escritura no distingue entre a y e, ni entre e é i, o y u.
Como los autores árabes, tanto en Oriente como en Occi- dente, según la observación de Van Vloten, parece que tuvie- ron empeño en no hablar de lo referente á los pueblos some- tidos, á pesar de lo muchísimo que escribieron, nos dan rela- tivamente pocas noticias acerca de los cristianos españoles y, por tanto, de la lengua empleada por ellos; sólo en obras es- peciales, ó por excepción, hacen referencia á La Lengua de és- tos, como Bucede en la obra de Abenbuclarís, á La que aludí
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antes, pues tratándose en ella de lo que podríamos llamar ma- teria farmacéutica, los nombres de drogas medicinales son da- dos en varias lenguas; y esto era tanto más natural cuanto la mayor parte de tales nombres no son originariamente árabes, sino tomados del griego, del persa ó del latín. En obras que no sean de esta índole apenas hacen mención más que de al- guna que otra palabra que haga relación á circunstancias especiales de algún personaje, como sucede en el nombre de un individuo de Almería, á quien llamaban el Rosetí por la circunstancia de que la niñera que le cuidaba, esclava cris- tiana, llamaba roseta á un lunar que el niño tenía en la es- palda, y por eso le quedó, dicen, el apodo JsU^Ji, el de la roseta. Es de advertir, sin embargo, que la explicación de las etimologías dadas por los autores árabes son en general poco aceptables, como sucede en las de Abenmardanix (el rey Lobo de Murcia) y Abenhamusco, su aliado (10).
Lo mismo que estos tres personajes tenían nombres ó so- brenombres procedentes de la lengua española, sucedió en otros muchos casos; pero son pocos relativamente los nombres cuyo significado ó etimología se indique, y ésta es una de las fuentes quizá más abundantes, aunque más turbias, de pala- bras españolas, como veremos luego.
Los dos ensayos de Vocabulario latino-árabe y arábigo- latino medioevales que existen, no son obra de escritores árabes, y al considerarlos como campos para espigar en ellos palabras españolas, no lo hacemos por la parte que tienen en latín, y que, en muchos casos, ya no es latín, sino español con forma latina: nos servimos de ello's por algunas de las pala- bras que se han dado como árabes, usadas en el dialecto ára- be-español vulgar, y que, como creyó el Sr. Simonet, deben tenerse como españolas netas, introducidas en los Vocabula- rios por la influencia del uso de la gente más ruda, que ha- blaba medio en árabe y medio en castellano, aunque predo- minando el árabe, y dando formas de tal á palabras de origen vulgar español, sean éstas latinas ó ibéricas.
Freytag, aprovechando I03 trabajos ele Escalígero y Rafe- lengio, incluyó en su Diccionario árabe bastantes palabras
— lO- qiie, á simple vista, se comprende que no son de origen árabe: es verdad que algunas de ellas figuran del mismo modo en los Diccionarios que pudiéramos llamar clásicos, por haber sido empleadas de antiguo por autores orientales y tomadas, ge- neralmente, del griego ó del persa, para expresar ideas nuevas que el árabe puro no había expresado (11): pero tam- bién incluyó otras que no figuran en los Diccionarios clá- sicos.
Dozy, después de haber hecho un estudio muy detenido sobre los dos Diccionarios mencionados y sobre el de Pedro de Alcalá, incluyó en el Supplement aux Dictionnaires árabe* bastantes palabras que no figuran en los Diccionarios clásicos, pero que no debían figurar en el Suplemento, porque en reali- dad son puramente latinas ó ibéricas, y no consta que fueran usadas por escritores árabes al escribir en su lengua nativa.
La lengua árabe y la española, ó alguno de los dialectos de ésta, tienen palabras comunes que, en general, se atribu- yen á una imitación española, y es lo frecuente; pero en al- gún caso parece que esta regla falla, como sucede, en mi sen- tir, con la voz \J&já> jamaca (farnaca, en Aragón), liebre pe- queña 6 joven, nombre que los Diccionarios árabes clásicos, orientales consignan, y que no siendo de raíz árabe, puede suponerse derivado del persa ú otra lengua oriental; si en castellano no se ha dado como de origen árabe el nombre far- naca, es por no habérsele conocido, pues parece que hoy sólo se usa esta palabra en región muy limitada de Aragón, y ca- balmente se extiende su empleo á puntos donde es casi seguro que nunca dominaron los árabes; á pesar de haber sido inclui- da <-n el Diccionario de voces aragonesas de Borao, ni Dozy ni Eguílaz la incluyen entre las palabras españolas de origen árabe, porque para caer en la cuenta de que una palabra d^ una Lengua se relaciona con otra de otra lengua, es preciso conocer ambas; se necesitaba ser arabista y aragonés. Si Aso del Río hubiera visto el Vocabulario de Leyden, es seguro que hubiera caído en la cuenta.
Ahora bien; ¿esta palabra farnaca ha sido introducida en el dialecto regional dr Aragón, tomándola de los árabes? Sos-
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pecho que tiene procedencia más remota, y que los españoles de Ribagorza y fuera de ella la tomaron ó conservaron de tiempos ó pueblos antiguos, como la tomarían los árabes, y que es palabra que en otras regiones ha caído en desuso; que se empleó en otras regiones lo prueban los Vocabularios cita- dos; hoy nadie me da razón de esta palabra, fuera de esa pe- queña región aragonesa; sin embargo, para mí es seguro que en alguna otra se conservará; que la palabra farnaca no era conocida en todas las regiones donde se hablaba el árabe, pa- rece indicarlo el hecho de que no conste en el P. Alcalá, para
quien á lapalabra liebre corresponde , »j\ arnab,\a, formaciá-
sica familiar á los arabistas, la misma que el Glosario latino de Ley den pone como correspondiendo á Lepas, y Jpj-^ á su vez corresponde á lepusculus ó lepuscellus.
III
Ya que la obra de Abenbuclarís fué la primera que me llamó la atención hacia esta clase de estudios, digamos de ella lo que al objeto puede parecer conducente.
Esta obra árabe, quizá la más importante para el estudio de los dialectos españoles en el siglo xn, fué escrita en Zara- goza por el judío Túnus, hijo de Ishak, Abenbuclarís, y es un tratado que podríamos llamar de Materia farmacéutica, ó de Medicamentos simples, que su autor tituló Almostainí, por es- tar dedicado á Almostain II, rey de Zaragoza (12).
Se comprenderá la importancia filológica de esta obra, si decimos que el autor se propuso dar el nombre árabe, persa, romi y beréber, y aun de dialectos especiales, como el de Zara- goza y Valencia, al tratar de cada medicamento ó droga (13).
Existen tres códices de esta obra, que dio á conocer Dozy en 1865 en su Catálogo de los manuscritos de la Biblioteca de Leyden, yantes Haramer, al tratar de los Manuscritos de la
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Biblioteca de Ñapóles; existe, además, otro en nuestra Biblio- teca Nacional, con el núm. 5.009 moderno.
La obra de Abenbuclarís ha sido muy estudiada y apro- vechada por los Sres. Dozy y Simonet; pero como por desgra- cia los tres códices son muy incorrectos, y presentan muchas variantes, no se podrá sacar de esta obra todo el caudal filo- lógico que en ella está recóndito, mientras no haya un arabis- ta médico, farmacéutico ó naturalista que acometa la empre- sa de su publicación y traducción. La empresa es sumamente ardua, pues los nombres no árabes están escritos de un modo muy incorrecto en muchos casos, lo cual no es de extrañar, si se tiene en cuenta que en los manuscritos, en general, las palabras de otras lenguas suelen estar peor copiadas, porque pocas veces las letras del original están bastante claras, sin que esto quiera decir que están peor que en el conjunto; pero la vaguedad é indeterminación se salvan fácilmente en la lec- tura de la lengua que se domina (14).
IV
En la biblioteca del Museo Asiático de San Petersburgo se conserva, con el núm. 296, un curioso manuscrito árabe, que contiene una colección de poesías populares del cordobés Mohámed, hijo de Abdelmtdic, Ahenguzmihi 15, muerto en el año 1159. El Sr. Simonet tuvo conocimiento de este libro por indicaciones de su amigo Dozy (1(5), y convencido de la im- portancia que para sus estudios podía tener, gestionó su prés- tamo, que Le fué concedido generosamente, y en su virtud pudo aprovecharlo en Granada, tomando de él bastantes pa- labras españolas, que el autor de las poesías empleó porque sin duda eran corrientes entre los musulmanes de acá, ó me- jor dicho, entre los musulmanes occidentales. El encontrarse una palabra española en el Diuán, que asi se llama (colee-
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ción de poesías) de Abenguzmán, nos da testimonio de que tales palabras eran corrientes á mitad del siglo xn (17), como las que constan en Abenbuclarís nos prueban que se usaban á fines del xi y principios del xn; como las palabras españolas que emplea Abenguzmán están incluidas en textos árabes, no como palabras sueltas, sino formando parte del sentido, un es- tudio profundo de esta obra probablemente podría dar lugar al conocimiento de mayor número de palabras, fijando su signifi- cado y en parte su pronunciación, por estar contenidas en ver- sos: ventajas que no existen en general en las palabras toma- das de otras fuentes, ya que, en los nombres de animales y plantas, ni los árabes ni pueblo alguno ha sido muy exacto, resultando con frecuencia el que un mismo nombre represente en distinta lengua cosas muy diferentes.
V
Desde hace bastantes años son conocidos de los arabistas dos Diccionarios, ó mejor dicho, dos ensayos de Vocabularios latino-árabes españoles medioevales, y ambos han sido muy aprovechados por cuantos han tratado del estudio del árabe vulgar en España en tiempos antiguos.
En el año 1871, el Sr. D. Celestino Schiaparelli, porinicia- tiva de su maestro el senador Amari, publicó un curioso ma- nuscrito de la Biblioteca de Florencia, con el título de Voca- bulista in arábico, libro que se supone compuesto á mitad del siglo xin por el dominico Raimundo Martín, y que ha propor- cionado al Sr. Simonet, de un modo indirecto, datos intere- santes para el estudio de] estado ele los romances españoles en el siglo xni (18).
Antes era ya conocido en parte y había sido aprovecha- do otro manuscrito análogo, existente en la biblioteca de la Universidad de Ley den, el cual ha sido publicado reciente-
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mente por el profesor Seybold, de la Universidad de Tubinga, con el título de Glossarium latino-arabicum (19); parece segu- ro que el Glosario latino-arábigo de Leyden es algo anterior al atribuido á Raimundo Martín.
Como sucede de ordinario á quienes descubren un libro importante, ó lo estudian por primera vez, quizá los editores no hayan apreciado ambos Vocabularios en su justo valor, exagerando su importancia desde ciertos puntos de vista, y no concediéndoles la que merecen por otros conceptos; por esto interesa someter á nuevo examen ambos documentos en con- junto, y después en particular.
Ambos Vocabularios, en realidad latino-árabe*, tienen por objeto facilitar el estudio del árabe, y parecen escritos para uso de los que en los siglos xn y xm se proponían evangelizar á los moros de España y África, y para esto necesitaban ha- blar su lengua: el Sr. Simonet lo da por sentado.
Viviendo los moros españoles, sobre todo los de la región de Levante, en contacto con muchos cristianos, era natu- ral que unos y otros tomasen ó empleasen en el uso vulgar muchas palabras usadas por sus vecinos; de modo que en la lengua árabe del vulgo se introducían voces latino-españo- las, y en el romance que hablasen los cristianos de estas re- giones se adoptarían muchas palabras árabes, que no em- plearían los cristianos de otras comarcas; pero de esto último apenas constan datos, pues no tenemos escritos en romance de estas regiones, sino alguno que otro documento privado de época bastante posterior.
El hecho muy natural de que los autores de ambos Voca- bularios incluyesen en ellos, como si fueran árabes, palabras que en realidad eran propias de la lengua del pueblo español, ha sido causa de que se haya creído que tales palabras habían adquirido carta de naturaleza en la lengua árabe, y que Dozy las haya incluido en el Suplemento á los Diccionarios árabes. El que una palabra sea empleada en el uso vulgar, casi siempre por no conocer la propia de la lengua que se pretende hablar, no autoriza para suponer que haya entrado á formar parte de ésta, mientras no conste que tal uso era bastante general. Es
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verdad que, dada la escasez de monumentos, este uso, aun- que hubiera sido algún tanto general, no seria fácil de probar: pero había un medio que puede suplir esta falta: las palabras no conocidas en el árabe clásico y que sólo constan en uno de los Vocabularios, existiendo en ambos la latina á que se refieren, es muy probable que sean españolas, aunque quizá no suenan á nada conocido, bien por estar alteradas, como es muy fácil, bien porque en realidad hayan desaparecido del uso ordina- rio, como ha sucedido con muchas hasta en tiempos moder- nos (20/. Aun en el supuesto de que una palabra que no perte- nece al árabe clásico se encuentre en los dos Vocabularios, no puede, sólo por este hecho, ser considerada como árabe-espa- ñola: para esto se necesita que estuviera usada por algún es- pañol, ó quizá africano, que hubiese escrito en el árabe co- rriente de los autores, que en realidad es el árabe clásico, quizá con ligeras variantes, que no sé que hayan sido estu- diadas.
En consecuencia de lo dicho, en toda palabra dada como árabe por los Vocabularios y que no conste en los Dicciona- rios clásicos, puede sospecharse la existencia de una palabra española. La vaguedad de vocalización hace que sean muy di- fíciles de reconocer tales palabras, principalmente en los ver- bos cuadrilíteros y aun trilíteros formados sobre voces espa- ñolas y en los nombres puestos en plural que, como es sabido, muchas veces en la pronunciación en nada se parecen al singular; así ^j*\jí\ acras (corzos), poco ó nada se parece al
singular ^-j^ corq (ó coreo) (21).
Para uno de los fines más importantes desde el punto de vista filológico, á saber, para comprobar la fonética de las palabras españolas, las que consten sólo por los textos ára- bes, han de ofrecer muchas dudas; así, consignado el nom- bre ^¿¡s--^ ¿concher? por perro conejero, puede admitirse en ri- gor que se dijera conechair, ó mejor conechero (22); pero en modo alguno podemos admitir la forma conchair, á la que in- dujo al Sr. Simonet la escritura quizá incorrecta del original: además, hay que tener en cuenta que la vocalización ó si-
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labificación árabe tiende á que la palabra tenga el menor número posible de sílabas, dentro, por supuesto, de la tenden- cia de la lengua, y por tanto, no sería extraño que aun la transcripción auténtica con caracteres árabes representase muy mal la fonética hispano-cristiana (23).
VI
Estudiados de un modo general los Vocabularios latino- arábigos de Florencia y Leyden, digamos algo de las cues- tiones que se suscitan respecto á cada uno de ellos.
El Vocabulista in arábico publicado por el Sr. Schiaparelli no tiene nombre de autor, y en realidad sólo indicios vagos hi- cieron sospechar que pudiera ser obra del dominico Raimundo Martin, muerto en el año 1286. Así lo sospechaban Amari y Schiaparelli, conviniendo de un modoconcreto en que debióde ser escrito ó compuesto para uso de los Padres Predicadores, con el objeto de evangelizar á los moros de la costa del Medi- terráneo; y como este movimiento en España fué más mar- cado en la parte oriental, y en el manuscrito se consignaron palabras que se suponían catalanas, se ha admitido como probado que tiene origen catalán ó valenciano; nótese que ta- les palabras casi siempre están puestas como glosa ó explica- ción de la palabra latina correspondiente á una árabe, y que de una palabra dada, aunque hoy se emplee sólo en Cataluña, no puede asegurarse que en el siglo xin fuese puramente ca- talana: de nodo ijue no prueba la nacionalidad del autor, tanto más -i se tiene en cuenta que el manuscrito no es ori- ginal, sino copia; al menos así se admite. Lo que so supone prueba de la nacionalidad del autor, puede muy bien suceder que aólo pruebe la de uno de los que manejaron el manuscri- to de Florencia (2 I ..
El Sr. Simonet, yendo más allá que los Sres. Amari y Schiaparelli, da como resuelto el problema, atribuyendo re-
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sueltamente la obra á «Fray Raimundo Martín, de la ilustre Or- den dominicana, y añade que, habiéndose consagrado con gran celo á la conversión de los musulmanes, sobresalió en el cultivo de las lenguas hebrea, siriaca, caldea y arábiga; es- cribió, entre otras obras, una Suma, en refutación del Corán, y predicó el Evangelio en Túnez» (25). El Sr. Seybold no va tan allá como el Sr. Simonet; admite, sí, como probable que Raimundo Martín sea el autor, pero no lo asegura.
A pesar de autoridades tan respetables, nos atrevemos á consignar nuestras dudas contra la idea de que el sabio autor del Pugio fidei lo sea del Vocabulario: Raimundo Martín, en su obra indudable, da pruebas de un profundo conocimiento de la lengua árabe más clásica, traduciendo admirablemente multitud de textos tomados de Algazel, diciéndolo expresa- mente en unos casos, y sin decirlo en otros (26); de modo, que de su pericia en árabe tenemos una prueba más fuerte que la aseveración de sus biógrafos y panegiristas, de cuya exacti- tud podríamos permitirnos dudar: el autor del Vocabulario no da pruebas de gran conocimiento del árabe, ni tampoco de pe- ricia en el latín (27), que el sabio dominico manejaba quizá como los más cultos autores del siglo xm; antes bien, el autor anónimo emplea casi siempre las palabras latinas con forma de la más baja latinidad; de modo que muchas no sólo no cons- tan en los Diccionarios clásicos latinos, sino que faltan en el mismo Ducange; para nosotros constituye esto una prueba plena de que el Vocabulista no es obra de Raimundo Martín.
VII
El Glossariam latino-arábicwm existente en la Biblioteca de Leyden, conocido desde mitad del siglo xvi, y utilizado por Rafelengio y Escalígero en sus ensayos léxicos, y en el siglo pasado por Dozy y Simonet, ha sido publicado en 1900 por el Dr. Seybold, después de un estudio minucioso del manuscrito.
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Examina en una erudita Introducción las cuestiones relati- vas á su autor, á la época en que se compuso ó escribió, y á la importancia filológica del documento, cuestiones de difícil so- lución, en las que, en general, el editor no está conforme con las ideas de los que le han precedido, á quienes corrige con frecuencia, hasta con cierta acritud; en puntos obscuros y que no han sido tratados especialmente, no hay que extrañar que los juicios sean muy diferentes, y nosotros nos permitimos no aceptar algunas de las apreciaciones del editor.
Xo teniendo el manuscrito ni fecha ni nombre de autor, se puede fijar algo la fecha ele la copia (28), pero no la de la composición de la obra; por el carácter de la escritura latina visigótica, y de la árabe magrebí ó africana, infiere el editor que la fecha está incluida entre los siglos viii y xi, y como se admite que no hay códices en papel de algodón hasta el si- glo xi, y parte del códice está en papel, infiere que la copia muy esmerada (dice) es de este siglo, y que debe tenerse como coetánea del original. Que la copia sea esmerada caligráfica- mente, no lo ponemos en duda: pero respecto á su bondad ó exactitud literaria cabe muy bien el poner reparos, como ve- remos luego; por ciertos detalles de fonética y por el uso de algunas palabras que huelen (dice) á portugués, supone el edi- tor que la obra está escrita por algún mozárabe, ó más bien judío converso (pág. XVI), en Castilla ó Portugal ipág. X ). Las razones no me parecen muy convincentes (29).
La cuestión que más nos interesa discutiros la de la im- portancia filológica del monumento, y ésta se subdivide en dos: importancia de la parte latina del Glosario é impor- tancia de la parte árabe, y en mi sentir la tiene mayor como fuente del léxico hispano medioeval.
Por los trabajos que se han hecho en Alemania (30), basar dos en el estudio de la parte latina, según se lee en la intro- ducción, en la que el Di1. vSeybold censura acremente trabajos de erudición latina como fundados en muchos casos, en lo que supone pésima lectura del códice (31), se comprende la im- portancia que se le ha concedido para investigar y exponer los orígenes de la lengua española de la Ínfima latinidad
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(pág. XIII), importancia que admite el editor, y cree que la tie- ne tambiénpara ilustrarlos orígenesde la lengua catalana (32), y por eso se propone publicar un Thesaurum arabico-hispano- latinum, aprovechando y reduciendo á la unidad los tres Voca- . bularlos del dialecto árabe-español, que Dozy aprovechó ad- modum obiter et desultorie (de un modo superficial é inconstan- te) (pág. XVIII), según dice el crítico.
No me parece que el Glossarium latino-arabicum tenga tanta importancia, y casi suscribiríamos las primeras impre- siones de Dozy.
El latín del Glosario, ¿representa el latín infimae latinita- tis de España?
La forma latina que en el Glosario tienen las palabras, prueba que, ó la copia es muy defectuosa, ó que el autor sa- bía muy mal el latín, ó al menos en los documentos latinos- españoles publicados en la España Sagrada y otras coleccio- nes no aparecen formas tan incorrectas; para convencerse de la barbarie de muchas palabras basta fijarse en las notas que el editor ha puesto al pie de las páginas para dar forma inteligible á las palabras latinas del texto.
En la página 1 tenemos ab euo por ab aevo, abe-abete por ave-avete, abiaeius por abiieius, tecus por pecus, abiupte por abiunte; página 2: ablentes por ambientes, abies por ebenits, abioiator por abigeator, abimatus por, obrimatus, deiosum por deorsum, abisrate por obrisate, abitam por abditum, con aná- logos errores en las páginas siguientes: dígase si el interpre- tar tales palabras, cuando á muchas de ellas falta la pala- bra árabe correspondiente, no es echarse á interpretar logo- grifos, y si formas tan fuera de lo conocido pueden tomarse tan en serio por el testimonio de un solo documento.
Ciertas letras se cambian con frecuencia como de un modo sistemático, ó indicando quizá un vicio ó modo corriente de pronunciación: u por f, prouano por profano, prouecio por profectio, prouectura por profectura, prouicio por pro/icio, prouiciscor por proficiscor, prouio.ua por proficua; en cambio escribe referendus por reuerendus .
La importancia filológica que se concede al Glosario des-
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de el punto de vista del estudio del árabe vnlgar español, de- pende del juicio que se forme acerca de los conocimientos lingüísticos del autor, y éstos hay que calcularlos por el acierto con que haya sabido interpretar las palabras latinas con las árabes más apropiadas.
Quizá el autor del Glosario tuviese del árabe más conoci- miento que el del Vocabulista publicado por Schiaparelli, como lo prueba el que sean en él en menor número las pala- bras latinas ó españolas dadas como árabes (33), aunque, á decir verdad, la correspondencia que dio á muchas palabras latinas prueba que no estaba muy fuerte en la verdadera acepción de las palabras árabes; así traduce por ^y-W filó- sofo el adjetivo academicus, que escribe acedemicus; por am- bientes, escrito ablentes, pone oj^U» (los que buscan, los estu- diantes, los tdlebj; por augustas, escrito agustus, pone *..?y, %j¿»< (noble, elevado); verdad es que, dada la multiplicidad de acepciones de las palabras árabes y la dificultad que produce el haber de expresar en una lengua, aunque sea la propia, ideas que no se han expresado en ella, siempre ha sido y será muy difícil; el acertar con la palabra propia en tales casos quizá se debe más al ingenio que al conocimiento de la lengua; así exconsules lo traduce por íyjJI cr .,JjyJi los separados ó destituidos del visirato; — atleta por j.*Ls-* el que hace la guerra santa.
Quizá la mayor importancia del Glosario estriba en que las palabras dadas como latinas sean en muchos casos pala- bras puramente españolas, alas que se ha dado forma latina; y como es natural que al escribir un vocabulario por orden alfabético, ó al querer ampliar el que se toma como punto de partida, ocurran palabras de uso poco frecuente, á seguida de otras muy comunes, nada tiene de extraño que figuren en el Glosario palabras infimae latinitatis, que no figuran en Du- • ai me ni en otro documento medioeval.
Desdeel punto de vista del conocimiento del estado del ára- be vulgar español tiene menos importancia que el Vocabulis- ta in arábico, por cuanto el autor conocía mejor ¡as Formas
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clásicas, de las que se aparta poco, pues no se propuso ense- ñar á escribir en árabe vulgar, sino en árabe; el escribir en árabe vulgar es escribir mal, y nadie, á no ser en casos espe- ciales, se propone escribir mal ni en árabe ni en lengua al- guna, aunque en todas las lenguas seamos muelles los que es- cribimos mal por no saber hacerlo bien.
Las diferencias gramaticales en el Glosario casi podría decirse que se reducen á emplear la forma vulgar de la per- sona nosotros del futuro, ya que el empleo del genitivo de los plurales masculinos racionales por el nominativo, que en el Vocabulista y dialecto vulgar es lo ordinario, en el Glosario es una excepción, sin que al observar esto supongamos que el árabe en el uso ordinario se conservase más puro en tiempo del autor del Glosario y que, por tanto, represente un estado más antiguo.
VIII
Una fuente aprovechada ya por el Sr. Simonet para el es- tudio de la historia y de la lengua española, es el examen de los sobrenombres y apodos de los personajes musulmanes.
En el tecnicismo árabe se considera como cunya tanto el nombre que uno toma por sus ascendientes, que pudiéramos comparar á nuestros apellidos, como el que toma por el nom- bre de alguno de sus hijos, habido ó esperado; de estas dos clases, la primera es la más general y la más importante desde nuestro punto de vista por los muchos nombres raros
que figuran como cabeza de la cunya, titulándose — ^i^l
Tanto la cunya tomada de la palabra r-f hijo ó descen- diente, como la tomada del nombre y \ padre, se emplean mu- chas veces en el sentido de el de tal cosa, lo mismo que si se empleara el nombre p el dotado de; así tenemos ifoisr] y} el
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padre de los ejércitos (el guerrero), ^.xéi] 9¡] el padre déla vic-
C toria (el victorioso), J-^srv'l * A el padre del caballo íel jinete),
¡LLj rsrJ| ^j| eZ A(/o <7e ?« alforja ó capuchón íel do la alforja, porque de niño era llevado en una alforja) (34), ;^.~- ^1 él hijo de un gorrión (el del gorrión), ^¿¿Las ¿A r ' <V /¿(/o del pa- dre de gorriones (el descendiente del de los gorriones), nom- bres ó denominaciones dados á personajes españoles citados en la Bibliotheca Arábico-Hispana . Hay que tener muy en cuenta este procedimiento, no sólo para no suponer un hijo del nombre Alchoyus, por ejemplo, al rey Mochéhid deDenia, sino que también es aplicable á otros muchos casos, pues á veces resultaría que tuvieron hijos personajes muertos antes de la pubertad y otros de quienes consta que no los tuvieron, como sucede con Eftxem II; á las mujeres, siguiendo la mis- ma marcha, y quizá con más frecuencia, se aplica este mis- mo procedimiento para indicar alguna circunstancia de su vida, circunstancia que pocas veces nos es conocida.
Como es natural, los musulmanes emplearon, además de la cunya apodos ó motes personales, á los que llaman luchas; los apodos ó motes en muchos casos son adjetivos, que indican oficio ú ocupación, en lengua árabe casi siempre, en español algunas veces, como ..J=a~J| el sabater, j\L¿~\ escuter ó escude ro, ►*) ,3 fornero, ,aü_\x? fondaquero , el que cuida de un fondor.
El estudio de estos apodos, que abarca muchos de los nom- bres de oficio, hecho de un modo detallado y sistemático. podría indicarnos no poco de la organización musulmana, y el mayor ó menor desarrollo ó aprecio de ciertas industrias: así tenemos muchos libreros, perfumistas, bordadores y otros,
Con frecuencia el apodo indica en árabe ó en español un defecto físico ó color, como r^f^l el leproso, ¡Lád.V| el de "jos pequeños, ^yi baboso, *>^M rA hijo del ro//<> rubio), -._.¿¿; ^r:l hijo de cegalloso (/).
No pocas veces se emplea como apodo un adjetivo deno- minativo, diciendo, era conocido por el Cordobés, Granadino ó Toledano^ ó sin añadir era conocido por, resultando muchos
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de estos adjetivos, de los cuales, no figurando en la obra espe- cial de Asoyutí De nominibus relativas, no podemos tener se- guridad de si son adjetivos que indican tribu ó familia, como se ve en algunos casos, ó indican el adjetivo patronímico de poblaciones, cuyos nombres propios no encontramos citados; así se hace mención de un individuo c^:j^ e^ Carabaquí, que creo sería de Carabaca, aunque la lectura, suponiendo otras vocales, pudiera resultar muy diferente.
Y pasemos á la clase de sobrenombres, que nos parecen más importantes desde el punto de vista filológico, pero de los que por no haberse estudiado detenidamente y por las grandes dificultades que ofrecen, no puede hoy por hoy in- ducirse ni aun la seguridad de que encierren en sí palabras españolas.
Hay muchos nombres, como los citados ^\-Jjjí\ <.rr '-^' ^1 il¿,| , . rj T 1 U ; ( jLo«*1»i| ,.»■>!- ^^.1 etc., concretándonos sólo
á algunos de los que comienzan por alif, que no siendo árabes, y no correspondiendo á raíz alguna de la lengua, puede darse como seguro que corresponden á una extranjera ó achemí, como dicen los musulmanes. Si se trata de apodos de musulmanes es- pañoles, debemos suponer que de ordinario tales palabras se- rán españolas ó de la baja latinidad, salvo el caso en que tal sobrenombre esté aplicado también á musulmanes orientales,
como recordamos los de .U;5 ..r-L, i¡,3 ..^I-Jüs.!^ ,.r;!-L->! ,.r>l que habíamos creído españoles y luego observamos en nues- tras notas que también correspondían á personajes orientales. En muchos de los sobrenombres de esta categoría pudiera un espíritu sutil encontrar apellidos españoles y tal vez fran- ceses, que no entran en las tres categorías de los apellidos castellanos de familia, como Ordóñez, hijo de Ordofto] de pa- tria, como Sevillano, Montañés, y de oficio ó defecto físico, como Herrero, Calvo, Delgado. A veces sirven de apodos denigran- tes ó satíricos, nombres comunes en forma puramente españo- la; así, á pesar de la vaguedad de la escritura árabe para re- presentar nuestra fonética, tenemos casi seguridad de que dos
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ó más musulmanes españoles, no de la misma familia, eran conocidos por el pollino (35) y otros por el lujo del píllete (36).
Por la vaguedad é indeterminación con que la escritura arábiga representa la fonética, el discurrir acerca de tales nombres queda reservado á los arabistas, pues casi sería im- posible dar una idea de ello á los profanos á tales estudios: y esto, hasta cierto punto, nos parece un bien, ya que si fueran muchos los que metieran mano en estas investigaciones, con seguridad que resultarían suposiciones ó lecturas muy capri- chosas ó sutiles, siguiendo el procedimiento del traductor de la Crónica del moro Rasis, que encontrando mencionada la batalla de r-¿z;j* Corbins, leyó Carabinas, dando vocal á cada una de las consonantes; y no se crea que consideramos á los arabistas impecables en este terreno: han pecado y pecarán mucho (37); pero cuantos menos sean los que lo pisen, me- nos serán los que tropiecen; nunca se recomendará bastante la circunspección en la lectura de tales nombres, aun en el supuesto de que aparezca claro su significado, que correspon- da á palabra conocida; pero la forma en que se empleara, di- fícilmente será segura (38), aunque en la escritura en árabe aparezcan todos los signos ortográficos.
Entre las muchas cunyas y apodos de formas raras que tenemos reunidas, sacadas principalmente de nuestra Biblio- theca Arábico-Hispana, se vislumbran dos series, que probable- mente indican una categoría especial, de nombres de oficio los unos, y diminutivos, y quizádespectivos.los otros: nos referimos á los nombres terminados en las letras Jl ó jj en los casos en que dichas letras aparecen indudablemente como serviles ó formativas; así tenemos jSxl. ^Ja*- J^Wü Jl ,¿¿ Jo- y, que podríamos leer Cardiel, Gafarel, Cantarel, Sabater ó Sapatero y Xantero, palabras que constituyen otros tantos apellidos españoles ó franceses.
Y no se extrañe que hagamos mención de apellidos fran- ceses, pues mucho de lo que se admite como de origen espa- ñol en el árabe occidental de La Edad Media, en mi sentir es de origen neo-latino, ya que las formas, palabras yprocedimien- tos derivados del Latín es de Buponer que, como transforma-
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ción ó evolución del sevmo rusticus, nacieron espontáneamen- te en todos ó varios de los pueblos romanizados, incluyendo entre ellos gran parte de los de la costa de África.
Si las dos terminaciones son indicio de dos grupos de nom- bres, la terminación ►•> indicará nombres de oficio en forma neo-latina, »*Ja<— sabater (zapatero), jJoxJL xantir (santero). '
Mayores dificultades ofrece el estudio de los apodos en j!, pero quiza también mayor interés
La abundancia en Valencia, Cataluña y Francia de ape- llidos terminados en él, y que parece se resisten en muchos casos al análisis, si no se admite que la terminación J| es for- mativa, evolución de ellus latino, nos lleva á creer que tal procedimiento era común antes déla invasión musulmana, y que los moros, en contacto con los mozárabes africanos y españoles, estaban familiarizados con tal procedimiento, y lo adoptaron, bien para modificar epítetos de su lengua, bien aceptando apodos españoles inventados por los mozá- rabes.
Qué fuerza añadiera á los nombres árabes ó latinos el unirles la terminació Jt, no es fácil fijarlo, aunque encontra- mos algún indicio que nos sugiere cierta anécdota que nos indicó nuestro discípulo predilecto: Adabí, en la biografía de Abdala, hijo de Sahal, hijo de Yusuf, imam en la enseñanza de la lectura y salmodia del alcorán, que enseñaba en Almería, donde era muy respetado, dice que entró cierto día en el baño, donde encontró al judío, visir por aquel entonces del rey; había delante del judío unmuchachollamado Mohámed, al que llama- ba diciendo uh Mohamadel, repitiendo esto varias veces; el al- faquí, no pudiendo contenerse, se echó sobre él y le golpeó con una piedra que había allí á un lado, le hirió en la cabeza y le mató: salió (del baño) tal como estaba y se vistió, sin que na- die se atreviese á decir nada al alfaquí, por el respeto y con- sideración que se le tenía; se salió de la ciudad, y habiéndole alcanzado en su marcha el abuelo de Adabí, le invitó á mon- tar una de sus dos bestias, que cargadas de mercancías había llevado á la ciudad, y habiendo apresurado la marcha, en el mismo día llegaron á Vélez.
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La anécdota de este imam, verdadera ó falsa, nos prueba que los árabes españoles ó los judíos, si se quiere, añadían á nombres árabes la terminación Jt, convirtiéndolos en diminu- tivos, despectivos sin duda, porque estaban acostumbrados á oir á los mozárabes que darían esta fuerza á nombres termi- nados en el ó elo.
Aunque el autor no explica la causa del enojo del alfaquí contra el judío, se comprende que procedía de que la termi- nación J< tendría en el uso común un sentido despectivo, y era para él una profanación el modificar de este modo el nombre del profeta. Procediendo esta terminación de la forma del di- minutivo latino, cabe perfectamente admitir existente este procedimiento, como muchos otros, al tiempo de la conquista musulmana, y que fuera corriente, no sólo en el territorio, que quedó sometido á éstos, sino en todos los de lengua latina. Esta observación, que hoy nos parece muy sencilla, explica en mi sentir que los árabes de Occidente introdujeran en su len- gua palabras que, por hallarse en la lengua española, se han creído tomadas de ésta, hasta por autores antiguos del África propia, de la actual Argelia ó del Almagrib, cuando lo pro- bable es que las tomaran de los cristianos ó naturales del país romanizado ó latinizado al tiempo de la conquista [39).
En consonancia con lo dicho, debe observarse que algu- nas de las palabras no árabes que figuran como apodos, no ten- dría nada de extraño que, aun en el supuesto de estar bien pronunciadas, no se identifiquen en ninguna de las lenguas romances; hoy mismo se usan apodos que nadie se atrevería ú explicar de un modo algo satisfactorio; pero si se supiese el significado, como sucede en las palabras ó nombres de plan- tas ó drogas hoy indescifrables que cita Abenbuclarís, su examen ó estudio sería más fácil con auxilio de los onomás- ticos, en los que se ponen los sinónimos de animales y plan- tas (40).
En la ascendencia de una familia de moros de Zaragoza encontramos como tronco un personaje llamado .Uli.¿, que bien pudiéramos vocalizar de modo que sonase Gaealyán, y como este aombre lo encontramos en documentos latinos muy
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antiguos, y sólo en ellos,, cabe sospechar que en Zaragoza se conservó este adjetivo, de origen godo, según un ilustre in- vestigador (41); y, como en Zaragoza, se conservaría en otros puntos, de los cuales no tenemos noticia (42).
Entre los apodos anotados hay algunos cuya lectura, como queda indicado antes, parece que no ofrece duda, y que re- sultan muy curiosos, más que por su significado grotesco ó sa- tírico, como pollino, píllete, pollito, por su forma, al parecer tan moderna, y que sin embargo resulta muy antigua.
Para declarar de origen extraño á la lengua árabe los apodos raros que figuran en las genealogías de moros españo- les, conviene tener presentes, entre otras, las observaciones siguientes:
Toda palabra que conste de cuatro ó más letras, que den- tro de la lengua árabe no puedan ser serviles, cabe a priori sospecharse que no es árabe, y de ello tendremos seguridad si la radical cuadrilítera ó quinquilítera no aparece en los Dic- cionarios (43).
Los apodos constituidos por palabras que tienen forma ára- be, pero que no constan en los Diccionarios, ó constan con significado que no parece á propósito para apodo, puede sos- pecharse que son extraños á la lengua, y que su forma ára- be se debe á la analogía ó adaptación.
Como corroboración á estas sospechas puede añadirse que si el nombre que figura como apodo no consta como propio personal, que pudiéramos decir nombre de pila, tenemos un indicio más de que tal nombre es en realidad un apodo no árabe; según este principio resultan tales muchos nombres, que perfectamente pueden ser palabras árabes, pero que en este caso es probable que no lo sean.
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IX
Entre las fuentes árabes que suministran datos para el co- nocimiento del vocabulario antiguo de los dialectos vulgares, debemos mencionar los libros aljamiados, que aunque escri- tos en castellano ó romance, y relativamente modernos, pues su redacción ó renovación no parece sea anterior al siglo xiv, indudablemente representan la lengua en un estado anterior quizá en un siglo á la fecha de su redacción (44); de la lite- ratura aljamiada trató en esta misma Academia, en ocasión análoga á ésta, mi compañero y amigo el Excmo. Sr. D. Eduar- do Saavedra. y no he de intentar yo comentar ó ampliar tan importante trabajo; mi objeto es sólo llamar la atención acer- ca de los datos que puedan proporcionar tales escritos, que, redactados sin pretensiones, nos clan á conocer palabras ge- nerales ó regionales que quizá no constan en otra parte, y debemos suponer empleadas en tiempos anteriores.
Sólo añadiremos que los escritos aljamiados, lo mismo que la transcripción de palabras españolas y de los nombres pro- pios, podrían quizá tomarse como punto de partida para estu- diar la evolución fonética de nuestros romances y fijar el tiempo en que ciertas letras pasaron á representar sonidos nuevos, que, como el representado hoy por nuestra jota, y que generalmente se atribuye á la influencia árabe, quizá no se introdujo de un modo general hasta el siglo xvi, y en el xvn no estaba aún generalizado en Aragón, siendo esta evolución una <lo las causas que contribuyó quizá á marcar la diferencia entre el aragonés y catalán, que resultó renació á esta evo- lución.
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La transcripción que de los nombres propios hicieron los musulmanes españoles al tiempo de la conquista, puede darnos á conocer el estado de la lengua hablada por los españoles á principios del siglo vm.
Claro es que ya no era la lengua latina, ni siquiera el ser- vio rusticas, sino una lengua derivada sí, ele la latina, pero sin la declinación propia de esta lengua, y probablemente con la conjugación muy alterada y que se pareciera más á la con- jugación española de alguno de sus dialectos, ó ya de varios de los que se iban dibujando poco á poco.
Los autores árabes transcribieron los nombres propios de personas y poblaciones sin la desinencia de caso, resultando de aquí perfecto acuerdo con documentos cristianos del si- glo vm, y aun antes, en los que, á pesar de que sus autores pretendieron escribir en latín, que no sabían bastante, pres- cinden á veces de las desinencias de caso.
Hay que advertir, principalmente con relación á los nom- bres de poblaciones, que los de algunas aparecen aún con forma latina, bien porque la conservaran, bien porque los autores árabes, ó mejor dicho, los tradicionistas históricos (rauíes), los tomaron de la forma erudita y de ellos los histo- riadores.
Por ejemplo, el nombre de D. Rodrigo, si hubiera sonado Rudericus, no hubieran escrito ^ ,i)j Rodé rico; es probable que ya se le llamase Rodrico y casi Rodrigo , pudiendo obser- varse que para algunos sonaba probablemente Lodrico, como lo prueba la transcripción ¡Jfcj-d que se encuentra en varios casos; pero la índole de la lengua árabe no se presta á que una sílaba comience por dos consonantes, y á lo sumo podían haber dicho Rod-ri-co 6 Lod-ri-co, separando en sílabas dife- rentes la d y la r.
El nombre del hijo de Witiza, Sisberto, no está tomado del
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nominativo, sino que se prescinde de la terminación latina sj^»* — Sisbert ó Siáberto.
Pelayo era ya llamado de este modo y escrito ,3^, que no debe leerse Belay, como se ha dicho generalmente, por más que pueda leerse de este modo: debe suponerse duplicada ó reforzada la letra < — > para que se pronunciara como p latina, aunque los autores árabes no adviertan que deba pronunciar- se como la — > de los achemíes, según lo advierten alguna vez en ciertas palabras.
Los nombres de algunas poblaciones nos dan un testimo- nio muy elocuente de la transformación radical que ya ha- bían sufrido los nombres latinos; así Barcelona no es Barcino, ni siquiera Barcinone con la forma de ablativo, sino Barcelo- na l\S±,j!, sonando poco más ó menos como pronuncian los ca- talanes, y como si hoy escribiéramos Barcelona.
Tarragona no era ya Tarraco, ó Tarracone, sino Tarru- cóna ÜjÍjÍb (45).
Tampoco Lérida era Illerda, ni Laréda, como escriben al- gunos siguiendo una mala inteligencia de Conde, sino Léri- da '¿.O, como hoy; cómo y cuándo Lérida se transformó en Lleyda, no lo sé.
Balaguer no era Balagarium, ni siquiera Balaguer; era „¿1j Balagaé, como se pronuncia hoy (46).
Tarazona no era ya Turiaso, sino i>j~> *)o Taragona, hasta €on las vocales propias.
Los nombres de los ríos Ebro, Tajo y Gallego^ sonaban sin duda de un modo bastante parecido, salva la diferencia de pronunciación de ciertas letras: í»jI Ebro, *a.b ó jaXs Tacho y ¡jk> Chulleco (47).
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XI
Al exponer las consideraciones que acabo de indicar, con objeto de poner de manifiesto los datos que los docu- mentos árabes de todo género aportan para el conocimiento del estado del léxico hispano-cristiano en los diferentes pun- tos de la Península,, he tenido necesidad, bien á pesar mío, de combatir no pocas apreciaciones de las más ilustres per- sonalidades que me han precedido en los estudios de filología arábiga en sus relaciones con el desarrollo de las lenguas ó dialectos hispano-cristianos.
Y no es que yo presuma de haber profundizado en estos estudios más que los insignes arabistas Dozy y Simonet; es que quizá todos los que se dedican con predilección á una cla- se de estudios, y especialmente los primeros, con facilidad ven las cuestiones desde un punto de vista parcial ó, si se quiere, exagerado; en todos tiempos, y quizá más en los mo- dernos por el progreso de todos los ramos del saber, los hom- bres dedicados al estudio, sin darse cuenta de ello, son arras- trados á sacar de datos incompletos aún, consecuencias que quizá parecen muy fundadas, y que, sin embargo, los que vie- nen después, con nuevos datos prueban que tales consecuen- cias eran ilógicas (48).
Mi objeto al hacer tales observaciones ha sido el de llamar la atención de los que se sientan capacitados para tales estu- dios por tener conocimiento de la lengua árabe, y que al mis- mo tiempo tengan afición á estas investigaciones, que exigen mucha constancia, y ofrecen en general poco halagüeño éxi- to ante el público.
En todos los ramos de la ciencia exige la probidad litera- ria el no sentar teorías absolutas, sino con pruebas concretas; pero en los estudios árabes esta circunspección literaria es más precisa, porque el público acepta las ideas de los llamados especialistas sin verdadero criterio propio, que es muy difícil
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por la. complejidad y enlace de los conocimientos arábigos, y en cambio, una vez aceptada una idea falsa, tarda mucho en desaparecer de los libros y, por tanto, del conocimiento del público, aunque su falsedad sea reconocida y propalada por todos los especialistas que tengan ocasión ú oportunidad de hablar de ella. Ojalá que no haya necesidad de rectificar, sino sólo de ampliar las ideas de los actuales y futuros arabistas: éste ha sido mi lema hace largos años; sin embargo, alguna vez me he dejado llevar, creo que en cosas por fortuna no gra- ves, de falsas apariencias, sosteniendo apreciaciones que, en cuanto me he percatado de su falsedad, he procurado rectifi- car, quizá no siempre con oportunidad, y aun temo que así sean calificadas algunas de las rectificaciones consignadas como notas en este modesto trabajo, que halléis tenido la pa- ciencia de escuchar.
NOTAS Y AMPLIACIONES
Clave de las abreviaturas empleadas para indicar las obras citadas con frecuencia.
A. N. = Coleccicn de documentos para el estadio de la historia
de Aragón, tomo II. — Forum Turolii, Regnante in Aragonia adefonso rege, anno dominice nativitatis MCLXXVI. Transcripción y estudio preliminar de Francisco Aznar y Navarro, doctor en Filosofía y Letras. Zaragoza, 1905. B. A. B..=Bibliotheca Arábico- Hispana. (Madrid, Codera, 1883-95.)
B. N. = L. Barrau- Dihigo. Notes et documents surl'histoire du
royaume de León. (Extrait de la Bevue Hispanique, tome X, 1903.) B. R. A. H.— Boletín de la Real Academia de la Historia.
C. F. B.—El Fuero de Bribuega, publícalo, precedido de algu- nos apuntamientos históricos acerca de dicha villa,
D. Juan Catalina García Madrid, 1888.
E. S.=España Sagrada. 51 tomos. F. R. S.=Recueil des chartes de Tabbaye de Silos, par Dom. Marius Ferotin. París, 1897. M. C. D. = Colección Diplomática de San Juan de la Peña, co- menzada á publicar en la Revista de Archivos, Biblio- tecas y Museos, por D. Manuel Magallón en el núme- ro correspondiente á Junio de 1903. R. A.=Revista de Aragón. (Zaragoza, 1900-1905.) R. A. B.=Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos.
V. S.=Vignau (D. Vicente), índice del Monasterio de Sa-
hagún. V. V.=Villanueva, Viaje literario. 22 volúmenes.
1 (pág. 2). El Imparcial, 6 de Junio de 1906.
34
2 pág. 4).
El Vocabulario con fecha tendría, entre otras, la ventaja de po- der contribuir por de pronto á sospechar la falsificación de algunos documentos, si la palabra no volvía á encontrarse en otros del mis mo tiempo; así, el documento del año 804, en el que se lee in alio/, de Arlanzon, se nos hace sospechoso por el nombre alfoz, que no vol- vemos A encontrar en nuestras notas hasta los años 1085, 1089 y 1 122; si bien en el mismo año 804 encuentro ad íoz del Busto y en 1173 illam íoz de Abcediello, que no parece tengan nada común con alfoz.
En la revista O Archeólogo portugués de 1906 y 1907 se ha pu- blicado un ensayo de Onomástico geográñco portugués con indica- ción de fechas y documentos en los cuales se menciona cada nom- bre de lugar.
3 (pág. 4).
Algunas palabras no latinas usadas antes del año 800: perilla arelia de Branas, año 781. E. S., t. 37, p. 306. arrogium, año 775. E. S., t. 18, p. 301. caballos, año 781. E. S , t. 37, p. 310. una capa sérica, año 780. E. S., t. 37, p. 308. cruce et capsa, año 757. E. S., t. 40, p. 363. ciliares argénteos, año 780 E. S., t. 37, p. 308. decaneis, año 741. E. S., t, 37, p. 305. illos dextros, año 757 785. E. S., t. 40, p. 362, 363 y 368. feltros, año 780. E. S., t. 37, p. 308. gasilianes, año 796. B. R. A. II., t 46, p. 70. tres hacelelias, año 780. E. S., t. 37, p. 308. per illa lagena, año 775. E. S., t. 18, p. 301. mamolas antiquas, año 760. E. S., t. 40, p. 3(>t'«. mantas sex, año 781. E. S., t. 37, p. 308. per illaa mestas de freznedo, año 781. E. S., t. 37, p. 306. per illo molón de ínter ambos ríos, ano 781. E. S., t. 37, p. 306. cum nasmiis <t piscariis, año 757, 760. E. S., t. 40, p. 362, 863 y 366. per peña Sarnosa, año 781. E. S., t. 37, p. .'506. ad illa ¡>eraria de oldriti, año 749. E. S., t. 40, p. 357. hereditatea et plantados, afto 760. E. S., t. 40, p. 365. ok prestiría adquiaivi, año 717. E. S., t. 40, p. 357. quinqué quitrabea, año 780. E. S., t. 37, p. 308.
no o rocino, año 781. E. S., t. .".7, ]». 308.
— 35 —
vasos solomonigos, año 780. E. S., t. 37, p. 308.
sayonis, año 740. E. S., t. 37, p. 304.
tres scanos, año 780. E. S., t. 37, p. 308.
nullo scurro fixo, año 747. E. S., t. 40, p. 359.
vesicas molinarum, año 757-760. E. S., t. 40, p. 363 y 366.
duas siacatas, año 780. E. S., t. 37, p. 308.
sicere, año 7<si. E. S., t. 37, p. 307.
silbarías parietes, año 775. E. S., t. 18, p. 302.
sobrino, año 781. E. S., t. 37, p. 310.
stipata de familia mea, año 747. E. S., t. 40, p. 358.
tapetes, año 780. E. S., t. 37, p. 308.
tio, año 781. E. S., t. 37, p. 310.
in solido et tremisse, año 796. B. R. A. H., t. 46, p. 70.
per illa usa que vadit ad pradum, año 796. B. R. A. H., t. 46, p. 69.
meas veigas, año 757. E. S., t. 40, p. 362.
ad illa vereda, año 757. E. S., t. 40, p. 391.
per ipsum Miare, año 776. E. S., t. 18, p. 301.
4 (pkg. 4).
Como nombres propios de poblaciones ó localidades con forma
moderna, ó no latina, anteriores al año 1000, podrían citarse muchos,
entre otros los siguientes:
Aí/oz de Arlanzon, año 804. E. S., t. 23, p. 448.
Arroyo de Piellas, año 841. E. S., t. 40, p. 375; en el mismo docu- mento se hace mención de Arroyo Vaudello; Arroyo Montis Me diano; Arroyo quem dicunt Sicum y Arroyo Lusini Froylani vo citatum.
usque in Balso Rubio, año 888. E. S., t. 28, p. 245.
in confinio de Castro Alcova, año 885. E. S., t. 41, p. 339.
al corrale de los Xavarros, año 964. M. C. D., p. 6.
per facuce de Transcollo, año 926. E. S., t. 37, p. 349.
ad íoz del Busto, año 804. E. S., t. 26, p. 442.
in grado de Gor, año 977. E. S., t. 43, p. 414.
illa iama de Casa de Arias, año 922. E. S., t. 18, p. 319.
per Marco de Ernelao, año 916. E. S., t. 19, p. 356.
per marcos de Campella, año 916. E. S., t. 19, p. 355.
per illas mestas de Freznedo, año 781. E. S., t. 37, p. 306.
penna Aguilera, año 891. E. S., t. 37, p. 338.
per peña Sarnosa, año 781. E. S., t. 37, p. 306.
terminum de Penna Vado, año 886. E. S., t. 17, p. 237.
— 36 —
planum de CavaJlos, año 853. E. S., t. .'37, p. 320.
plano de Alceto, año 804. E. S., t. 26, p. 447.
reííogios de Leza et de Sarga, año 942. E. S., t. 18, p. 325.
regó quem dicunt rio de Froya, año 891. E. S., t. 37, p. 338.
per rio de Caon, año 926. E. S., t. 37, p. 349.
Villa Nueva de Caraco, año 979. F. R S., p. 6.
per illas lomas de Tell Munioz a Val de Rodrigo, año 979. F. R. S.,
p. 6. super Villa Verde, año 969. E. S., t. 18 p. 331. per illo molón de ínter ambos rios, año 781. E. S., t. 37, p. 306.
En documento de 987 se dice: de la coua (¡allons sicut vadit serra serra et exit a castheilon de lo borbuylo (burbulo) et de cas
teilon de lo borbuylo exiit usque a puyazuelo de los kadilons, et
del poyo de los kadilons a la íuent de los bayos a la coua que vo-
catur Gallons. M. C. D., p. 63.
5 (pág. 4).
Catálogo de los documentos del monasterio de Sahagún, por D. Vicente Vignau, pág. 634.
6 (pág. 4).
Palabras de origen árabe empleadas antes del año 1000:
vilarem Abdarama, año 922. E. S., t. 43, p. 398.
acitaras auro textas, año 812. E. S., t. 37, p. 317.
albala, año 959. E. S., t. 49, p. 328.
in alfoz de Arlanzon, año 804. E. S., t. 26, p. 448.
casulla alba de Algoton, año 951. E. S., t. 34, p. 455.
aliphaphes, año 969. E. 8., t. 18, p. 322.
almuzallas, año 951. E. S., fc. 34, p. 455.— Año 969. E. S., t. 18, pá- gina 332.
Bine anubdn, año 979. P. R. S., p. 6.
in Arrevalde (arrabal?) civitatis Legionis, año 951. E. S., t. 34, pá gina 457.
azeni&m, año 951. B. N., p. 3H4.
m.irahezes cárdenas, año 951? E. S., t. 84, p. 455.
panno tiraz, año 934. E. S., t. 40, p. 400.
>!>■ //race (dal.nática) año 99*. E. S., t. 40, p. 409.
37
7 (pág. 6).
Por la índole especial del asunto me veo en la necesidad de im- pugnar ideas de autores respetables, amigos los más, difuntos al gunos, como los señores Dozy, Simonet, Eguílaz y otros á quienes no he tenido ocasión de tratar; conste, por tanto, que ninguna riva- lidad me mueve á ello.
8 (pág. 7).
Algunas palabras que hoy parecen catalanas ó francesas y cons- tan en documentos antiguos no catalanes:
abia (abuela) abios (abuelos), año 1032. B. N. 447 y 448.
aduga, aducir, año 1396. R. A. II, 297.
atieres (negocios), año 1396. R. A. V, 135.
apres (después), año 1396. R. A. II, 84.
ara sian (bien sean), año 1396. R. A. IV, 430.
arjent (plata), año 1325. E. S. 48, 226.
baralla (riña), año 1131. E. S. 49, 355.
bestiar (caballerías), año 1396. R. A. IV, 337.
Bispe (Obispo), año 1240. E. S. 50, 443.
blau (azul), año 1325. E. S. 48, 226.
cama (pierna), año 1396. R. A. V, 245.
clau (llave), año 1396. R. A. V, 133.
culiares (cucharas), año 780. E. S. 37, 308.— Año 969. E. S. 18, 332.
dius (bajo), año 1397. E. S. 48, 236.
donas, dones (mujeres), año 1088, V. S., pág. 277.
ensemble (juntamente), año 1387. E. S. 48, 235.
iutge,jutges (jueces), año 1396. R. A. II, 379.
maírege, márfega?, año 11... E. S. 50, 427.
masa (mucho), año 1396. R. A. V, 90.
mateix, matex, año 1396. R. A. V, 90 y 347.
repaire (en Gonzalo de Berceo, Milagros de Nuestra Señora) estro- fas 19 y 23).
senes, sines (sin), año 1387. E. S. 48, 236.
taula (mesa), año 1396. R. A. II, 87.
yxieren, año 1242. C. F. B. 133 y 135.
lures, lure (sus, su), año 1076. R. A. II, 213.— Año 1090? R. A. III, 762.— Año 1240. E. S. 50, 444.
nou (nueve), año 1396. R. A. IV, 428.
— 38
^e/.r (diez y seis), año 1278. V. Sv pág. 453. vint, año 1396. R. A. II, 377. xixanta, año 1396. R. A. II, 378.
9 (pág. 7 .
Recuerdo á este propósito que, habiendo yo estampado en el t. Vil de la Colección de Estudios Árabes, pág. XIII, el dicho vulgar de mi tierra «a fei, como el tio Cascaciruelas, que i a té lo que va pod<: y no va Ir res» uno de mis amigos, de los más insignes catalanistas, me escribió indicando que esta frase era cafa- lán puro, suponiendo que Ribagorza, por sus relaciones con Cata- luña, había imitado la lengua de ésta.
Cómo y cuándo la lengua hablada en la parte Norte de Aragón, ó sea en la actual provincia de Huesca, evolucionó, llegando a di- ferenciarse de la que se ha llamado Lengua catalana, no es fácil fijarlo.
Ya que no respecto á las causas, respecto al tiempo arrojan no poca luz los trabajos llevados á cabo por el distinguido joven don Tomás Navarro Tomas en sus estudios de documentos aragoneses del Archivo Histórico Nacional y en los hechos en su excursión por el Alto Aragón, de los cuales dio cuenta en su interesante folleto Pensión al Alto Aragón, por Tomás Navarro Tomás, extracto. De la Memoria de la Junta para ampliación de estudios é investi- gaciones científicas correspondiente al año 1909. Madrid, L907.
Al dar cuenta de los numerosos documentos que se conservan en el Archivo de la Catedral de Jaca, de los cuales el más antigno de los estudiados es del año 1058, dice el Sr. Navarro, «el primero que
aparece en romance data del año 1255 » En realidad, para llegar
al primer documento aragonés hay que avanzar hasta 1312, pues todos los romances que se encuentran desde 1 •_'.">."> hasta esta techa, están escritos en catalán. Pasando de 1312 desaparecen en absoluto los catalanes-, es decir, que entre éstos y los aragoneses no hay si- multaneidad, hallándose el punto de separación entre unos y otros de 1307 á 1312. Esté mismo fenómeno se halla determinado, aun cuando no de un modo tan absoluto, en otras documentaciones del Alto Aragón, como son las de Summo Portu, Benedictinos de Santa Cruz y San Juan >l>- ln Peña las tres se encuentran en «■] Archivo Histórico Nacional : en todas ellas el catalán abunda durante el si glo xin y desaparece en los primeros afiOH del xi\ ; más al Sor, en Montearagón, AJquézar y Huesca archivo municipal), apenas bu
— 39 —
encuentra un documento en catalán; al Oriente, en San Victorián, cerca de Ainsa, Xotarías de Graus especialmente, ofrecen escritu- ras catalanas hasta muy entrado el siglo xv; más adelante, al dar noticia de los documentos examinados en Alquézar, dice el Sr. Na- varro Tomás:
«Éntrelos pergaminos parroquiales abundan los del siglo xiii
en aragonés »
El tiempo en que se verificó la transformación de la lengua ha- blada en el primitivo territorio de Aragón, fué indicado casi del mismo modo por el Excnio. Sr. D. Bienvenido Oliver y Esteller en el año 1884 en su Discurso de recepción en la Real Academia de la Historia y ratificado al publicar en el Boletín de la misma Acade- mia, año 1908, t. LII, pág. 345 y sig. el texto délos Ordenamientos de la ciudad de Jaca de 1238: en ambos trabajos se lee:
«Documentos auténticos, que hemos tenido la suerte de descu- brir, enseñan que la lengua del primitivo territorio de Aragón, principalmente de su capital Jaca, fué hasta el siglo xm inclusive una de las variedades de la gascona, de uso vulgar y oficial en Pamplona y en los Condados de Bearne y Bigorre.»
Conforme con el hecho indicado por el Sr. Navarro Tomás de que en la parte oriental de Aragón constan documentos en catalán hasta el siglo xv, el Sr. Carreras y Candi, en el Butlleti del Centre Excursionista de Catalunya, Septiembre de 1908, advierte que en el siglo xv la lengua catalana perdió visiblemente su esfera de acción en Velilla de Cinca, pues en la segunda mitad del mismo sus párrocos alternan partidas catalanas coa otras en castellano, hasta que en el siglo xvi desaparece el catalán.
10 (pág. 9).
Abenjalicán (t. III, pág. 466 de la edición del Cairo) da una etimología poco limpia del nombre de Aben Merdaníx, etimología que coincide con la que se da del nombre de Constantino Copróni- mo. Mr. Dozy no acepta la transcripción Merdaníx y lee Martínez: puede verse lo que dije en la pág. 311 del t. III de la Colección de Estudios Árabes, Decadencia y desaparición de los Almorávides en España.
La etimología de Hamusco ó Ha-Mochico, estudiada también por Dozy, tomándola de Abenaljatib, es en rigor menos aceptable. Dice Abenaljatib en la Ihata (pág. 159 del t. I de la edición del Cai- ro, fol. 64 del Ms. de la Colección Gayangos, de donde lo tomó Dozy)
— 40 —
qne al bisabuelo de Aben Hamusco, cristiano renegado y muy te- mido de sus antiguos correligionarios, le faltaba una oreja, que le había sido cortada, y cuando le divisaban los cristianos en el ejér- cito enemigo, decían JiX .--> I* y añade 2| .,-^¡! &«l>iUJ| ¿.-1 íU»,.
^ ^' ■*
»$x*J que significa m/ra (ó he ahí) al desorejado, pues l* entre ellos es casi como L/»| en árabe y >^i£-. J; el moxco (significa) en su lengua
el cortado de ambas orejas; aunque los autores escriben vJi-CL*» líamosc, Dozy transcribe Mochico y sale, hasta cierto punto, pala bra española, el pequeño mocho; mi amigo D. Eduardo Saavedra sospecha que Hamusco se refiere á Amusco, villa en la provincia de Palencia, partido judicial de Astudillo, pues el Hamusco, cristiano islamizado, estuvo al servicio de los reyes de Castilla y es muy po- sible que fuera de Amusco.
Del poco crédito que merecen los autores árabes en cuestiones de etimología, nos suministra un ejemplo notable el insigne autor español Aben Hazam, en su libro Colección de genealogías de los árabes (Ms. Ar. de la Real Ac. de la Historia, n. 6, rol. 194 v.), al citar á un individuo oriental de una de las ramas de los ^yji y¿ Bení l)us ó Dos, llamado Abuzohair Benanís, dice que se le llamaba El dos, porque su número era ó estaba en dos: no se comprende bien el significado de la frase, pero parece evidente que se refiere al número dos: en España, dice el autor, que la residencia ó asiento de los Benidos era Todmir (Orihuela (fol. 193 v.j, y efectivamente, se citan en Alandalus varios individuos de esta familia, ó al menos que entre sus ascendientes figura un \j-¿ ó tf»¿
Del poco sentido etimológico entre los españoles no árabes, tene- mos un testimonio vulgar en las armas ó escudos de algunas pobla ciones: un sol con barbas en Barhastro i barbas de astro); el leóns en la ciudad y reino de León, I Legio, convertida en león); una sire-% na en Villanueva de la Serena, etc.
ll(pág. 10 .
a) Palabras que comienzan por ' <> ■ que no son trabes y figu- ran en los Diccionarios de Freytag y Xartuní.
! ebanua. — , r¿ua~.| elementum. — \>Ja*+\ atebulum. sAi] te
— 41 —
rritorium, clima. — ~- y turris, munimentum, burgus. — .\yj\ burdo, veredus, mulus. — **1j flegma. — IsX- glandifera, &.
b) Palabras no árabes que comienzan por í, incluidas por Frey- tag y no por Xartuní ni el autor de Tachalaras.
.f.L.- 1 porticus. — J4a~| clasis. — isr-úyí-l sparagus. — Ij ,UjL-| pastinaca. — *=£-u.¿~, \ laganum.
c) Palabras que comienzan por t ó > > incluidas por Dozy en el
Suplemento y que no figuran en el Xartuní.
rjUl,'| plantago (plantaina). — ¿^r-O ,.... | esparagus. — . '.C- '-
■ **~l stupa. — ¡LJUl¿.| íar, scandula (escalla en Aragón). — •jJaí.i,!
armiger, escudero. — ¡Jl\¿,| caucum, ampulla scala en documentos latinos del siglo x. — *.- L_v;„ J branchia (escama). — *j \S¿~\ scoria fe- rri. — r¿mijh\ biga (travesano). — aa¿. y¡\ crista. — JL» pala. — *J^iJ modius, barcilla en Aragón. — J.i> ^ porticus (portal). — S*j? paser ■ pardal). — -—^j! bruchus. — ¿*+y verruca (verruga). — **JjJ tere-
brum (barrena). — *«o osculum (beso). — ?-&\ pulmo. — * ¿j pulmo
O = I t
(bofe). — jjJLj matrix (vulva). — s^x'db ballistaria. — ^«aáAj stercus
eolumbarum (palomina\ — *=^J cicomia. — d°y; glans (bellota). — *sAj cete (ballena). — j>¿-^ timpanum (pandero).
12(pág. 11).
Abuchafar Ahmed, hijo de Almutaman Abenhud, que tomó el sobrenombre de Almostáin, y es conocido entre los reyes de Zara- goza por Almostáin II, reinó en esta ciudad desde el año 478 de la hégira al 503 según la cronología que nos dan los autores árabes; pero las monedas de este período, acuñadas en Zaragoza, hoy por hoy, en vez de aclarar la historia, la complican, probablemente por- que estamos muy mal enterados; por las monedas parece que co- menzó á reinar en 476, del cual año las hay también de su abuelo Almoctádir, de su padre Almutaman las hay sólo del año 474. Ahmed Almostáin en las monedas de los años 476 á 481 inclusive se titula El háchib Seifodaula Ahmed, y en las del año 481 Almostáin bila, hijo
— 42 —
de Almutaman Ahmed\ de este tipo hay monedas hasta el año 489 inclusive, no conociéndose ejemplares desde esta fecha hasta el año 407 y desapareciendo de las monedas de los últimos años el nombre de su padre ( vide Tratado ds Numismática arábigo-española, por Don F. Codera, pág. 168 y sig. — Vives: Monedas de las Dinastías arábigo- españolas, página 196 y sig.)
13 (pág. 11).
Las palabras que principalmente me llamaron la atención en las notas que, tomadas de los dos códices (de Leyden y Ñapóles , faci- litó Dozy al Sr. Simonet, fueron:
Bellota ó encina), üast-wI, la chene.
Bellota fruto), iÍAsful.3 6.~j>, poma de la chene.
te t o o
Azogue, *■*<■: _ló j >l, arzinto vivo.
Plato, '^-:(; w*»jilj arzinto y plata.
Granadas, en el códice de Leyden, ^tX'ijtí, garanatas;en el de
Ñapóles, ü..3l jx.¡} megranis (minllanas en Ribagorza).
Queso, 6^Xa)-» ( í-^Tj5) *>=f19, queso y íormaclf.
14 (pág. V2 .
Como ejemplo de la incorrección y de la dificultad de corregir- las, citaré un hecho, aunque sea personal: en el artículo .,— - .-a avena, según las notas comunicadas por Dozy á Simonet, el códice de Leyden dice que la negra ó salvaje se llama *$•«, y el de Xapo- -j.1-': pues bien, la primera letra esta equivocada en ambos có- dices, y evidentemente debe ser ;, como aceptaron Simonet y Dozy, resultando la palabra valluaca, como hoy se llama en algunos pun tos de Aragón al \nllico, y seda la coincidencia de que dicha pala
bra en el códice español está escrita »5j1j con la letra >, como ad- mitieron Simonet y Dozy; pero están nial las vocales; de modo que < Llegar 6 poder descifrar estos enigmas se necesitará poderave riguar cómo se llama la droga ó medicamento en todas las regiones de España, por ser probable qne el nombre se conserve en alguna región.
43
15 (pág. 12).
Es corriente, aunque quizá no sea correcto, el llamar á este poeta y á otros moros españoles Abenguzmán, transcribiendo á nuestra
escritura y fonética el nombre .A-J.* ,.r: I Abencozmán.
Figuran en nuestra Bibliotheca Arábico-Hispana al menos tres poetas de la misma familia: Isa, hijo de Abdelmélic, hijo de Guz- mán, preceptor de Hixem II (Ms. Ar. Ac. N. 80, fol. 51 v.); un Mohá- med muerto en 508, que parece ser hermano d^l anterior, al cual, Abensaid (fol. 74 v.) llama Mohámed el Mayor; un Abderrahmam hijo de Mohámed, muerto en 5(34, que podría á su vez ser hijo del anterior, aunque la diferencia de cincuenta y seis años en la fecha de la muerte lo hace difícil, y el Mohámed del texto á quien Aben- said (fol. 74 v.) llama Mohámed el Menor, é Imam de los zachalin
autores de poesías populares), añadiendo en otra parte (fol. 3 v.) que sus poesías habían sido coleccionadas, y eran celebradas en Oriente, y Occidente. Por el mismo tiempo figura en Toledo un Abenguzmán que no parece enlazar con la familia de los poetas cordobeses; y casi cien años después encontramos en Guadix un Abdelbar, hijo de
Guzmán.
r
Ahora bien, el ,,U \'i r i árabe ¿tiene algo que ver en la realidad
con el nombre Guzmán? Así lo hemos creído todos, engañados por la vocalización de la palabra, que evidentemente nos lleva á un so nido que se parecería mucho á Guzmán; pero es el caso que ya en tiempo de Mahoma aparece en la batalla de Ohod, año 3 de hi
hégira (Abenalatir, t. II, pág. 125) un .\~j*, y esto nos hace sospe- char que nada tiene que ver con Guzmán la familia descendiente
9
del .y*«j* cordobés, Cozmán ó como deba leerse: el mismo Aben said pone un epígrafe que dice: ,.y-*j* c+í ^-**? casa ó familia de los
Benicozmán, y añade que Alhicharí celebra esta familia entre las fa milias de Córdoba, y que los individuos de ella no dejaron de alter- nar entre el vizirato, la ciencia y la jefatura (fol. 74 v.): en vez de ser los Abencozmán de linaje mozárabe, como supuso el Sr. Simo- net, sospechamos que el nombre pueda ser de origen oriental: lo in- dico como sospecha, cuya comprobación resultaría quizá del estudio de todas las noticias referentes á los individuos que ostentan este nombreentre los ascendientes sin que pretendamos, ni mucho menos,
— 44 —
que procedan del .,-- V?, Coznián, del tiempo d^ Mahoma; este estu- dio podría además dar por resultado el aclarar quiéu ó quiénes de los individuos de esta familia escribió y qu¿ obras, pues algo se atribuye á Abdarrahman Abenguzmán.
16(pág. L2 i.
Véase Glosario de voces ibéricas y latinas usadas entre los Mozárabes, pág. CLV.
El Sr. D. Antonio Almagro Cárdenas, en la Introducción que es- cribió para la copia del Ms. de Abenguzmán que hizo para la Real Academia de la Historia, dice t^pág. 28): «A continuación inserta- mos una lista de los vocablos más dignos de estudio que contiene esta colección, formada por nuestro querido maestro el Dr. Simonet:
jjüLL segur — h, I »ü carretas — probablemente plural de *-^ij3
J^ist t; .plural de jUs ►.• pardal — ~ >=k~J| será -. ,^--\.'l cierzo? vide Dozy , i»yfc.,jJJü pandero — jí\z9ja mercada! (mercado) — ,\jLijh\ travesano — , -LL parece sor paladar — JL~s jl—* cassalis por cap- sale — J-^LS plural de j\«a¿> (comensal?) — $j'¿ alcorque — ^**j
Enero — Jj¿») de so/?— lUa^-s-y futuro del verbo J^y± chuchear» todo está con la indicación de las páginas del texto y referencia á las de Dozy, Supplement), y añade: «Hay otras muchas voces dignas de estudio y consideración, de las que nos ocuparemos más detenida- mente cuando estudiemos este códice con la amplitud que merece, y terminamos estas consideraciones filológicas afirmando que el Diván de Aben Cuzmán puede considerarse, por su extensión y va- riedad y demás condiciones, como el monumento mas importante del árabe vulgar de los muslimes españoles, y donde este mal cono- cido dialecto puede conocerse mejor y estudiarse con más prove- chosos resultados.»
17(pAg. 13).
De la obra de Abenguzmán se ha hecho una reproducción foto-
tí|)ica. encabezada por el siguiente título:
Ibn Qozmán. Le l>i\;ui d'Ibu Ouzman feuiües en phototypie. Texte árabe, traduction eí commentaire, enriehide conaidérationa
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histor., philolog. et Jitter., sur les poémes cTIbn Guzman; sa vie, son temps, sa langne et sa métrique, ainsi que d'une étude sur Y árabe parlé en Espagne au VI. e siécle de Thégire dans ses rap- ports avec les dialectes árabes en usage aujourd'hui et avee les idiomes de la péninsule ibérienne, par D. de Gunzburg. Fsc. I. Le texte d'aprés le ms. unique du Musée asiatique imperial d^ St.Pé- tersbourg. Berlín, 1896.
A pesar de los años transcurridos, no sabemos que se haya rea- lizado el programa expuesto en este título. Hay que agradecer, sin embargo, como gran servicio á las letras, el prestado por el Sr. Da- rín de Gunzburg, al reproducir fotográficamente la única copia que en Europa se conserva de ese diván; merced á esa reproducción, po- demos estudiar en España el texto; y tengo la confianza de que pron- to aparecerá un interesante estudio acerca de esta obra.
18 (pág. 13).
Vocabulista in arábico publicato per la prima volta sopra, un códice della Biblioteca Biccardiana di Firence da C. Schiaparelli. Alunno del Beale Instituto di Studi Superiori. Firence, 1871.
19 (pág. 14).
Glossarium Latino Arabicum ex único qui exstat códice Lei- densi undécimo saeculo in Hispania conscripto, nune primun edi- dit, praefatione, notisque instruxit, tabulam phototypicam adiecit Christianus Fredericus Seybold Tubingensis. — Berolini, 1900, un tomo en 8.°, de xx y 574 páginas.
20 (pág. lo).
Aunque no es cosa nueva el que desaparezcan palabras que han sido muy comunes, pues ya Horacio dijo: «multa renascentur quae jam cecidere, cadentque quae nunc sunt in honore vocabula, si vellet usus, quem penes arbitrium est et jus et norma loquendi», citaré una palabra que en el Diccionario de la Academia consta como regio- nal de Ar. — el verbo tranzar (vender en subasta), que figura en los Fueros de Teruel y Brihuega, y que encuentro en documentos de mi pueblo natal (Fonz), de los años 1627 y 1786, donde hoy nadie la entendería.
21 (pág. 15). Seybold, Glossarium, pág. 229, nota 1.a
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22 (pág. 15).
Aunque para fijar que la última letra de una palabra debía so- nar con vocal, con frecuencia añadían la letra 5 que marcaban con
socún, se encuentran nombres como ^-^-u^ -^1 estopa, (jy^-,l om-
bliiso, (j^*' camisa, que no puede suponerse que se hayan pronun- ciado estop, omblic, camis, y que después se les haya añadido la vocal; por esto suponemos que el nombre ji^^S (perro conejero) no se ha dicho nunca conchair, sino conechero; en algunos casos el autor ó el copista han tenido cuidado de poner la vocal » dama. con ó sin la » final.
23 (pág. 15).
Como palabra evidentemente mal vocalizada, por errata ó mala
copia, puede presentarse el nombre *.-..> que el autor del Vocabulis- ta pone como correspondiente á osculum (besso); difícilmente podrá admitirse que en algún tiempo se haya dicho bossa por beso; pulpitus
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corresponde á *3jj y= (torbuna) tribuna, que el autor escribiría *»«j ¡1*
tirbuna, porque la índole de la lengua no consentía escribir tribuna; pero no pudo ocurrirse á Raimundo Martín, ó á quien sea el autor,
escribir ¿y.j^ torbuna.
24 (pág. 16).
Dice el Sr. Simonet (pág. CLXII\ «y escrito en nuestro país en- trada la segunda mitad del siglo xiii, para promover la conversión á nuestra fe de los Moros del reino de Valencia, sometidos pocos años antes por las victoriosas armas del rey D. Jaime I, el Conquis- tador» (esto será admisible, pero no consta^; y más adelante» (pági na CLXIV) «es indudable que este diccionario se escribió en nuestro país: así lo acreditan por una parte numerosos vocablos pertenecien- tes á nuestros romances, catalán, valenciano ycastollano, que ofre- ce, ya en correspondencia directa con los arábigos, ya en glosas y notas marginales.»
25 pág. 17). Obra citada, pflgr. CLXTV.
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26 (pág. 17).
De la pericia de Raimando Martín en árabe y en latín nos da testimonio personal nuestro querido amigo y sucesor en la cátedra de Árabe D. Miguel Asín Palacios, que ha estudiado como nadie las obras de Algazel y el Pugio Fidei de Raimundo Martín. Véase Ho menaje á Menéndez y Pelayo, tomo II, págs. 217 256, el trabajo ti- tulado Mohidín. — Colección de Estudios árabes, tomo VI. Algazel, Dogmática, Moral, Ascética, con Prólogo de Menéndez Pelayo. Un tomo de 912 páginas. Zaragoza, 1901.
27 (pág. 17).
Como prueba de que el autor del Vocabulista in arábico estaba poco fuerte en el conocimiento de las lenguas latina y árabe, puede citarse, entre otras muchas cosas, lo siguiente: como correspondien- do á lepus pone -3^1 y (Jf'/^ Y ésta también como correspon- diente á cuniculus, siendo así que en el Diccionario de Freytag, lo mismo que en los orientales, se da como liebre pequeña, que es la acepción que le da el Glosario de Leyden, lepusculus y lepuscellus, y es en la que la palabra íarnaca ss emplea en Aragón; por mor-
tariollum pone la forma correcta ¡~>\ ►•.<.- y J ! r^*, mal el latín y mal el árabe; el de Leyden lo pone bien, ¡j-Us* mortarium; otras veces pone dos formas diferentes en latín ó en árabe, así clasis J»k— 1 y J.Ja—l — stupa ^*!\i»\ ostob y , ^~| ostop — rasina y risina &¿*a^i
y t.\\2, , (resina).
El autor del Vocabulario ha dado pruebas de su poco conocí miento de la lengua árabe al inventar por su cuenta verbos cuadri- líteros derivándolos de palabras no árabes: así del nombre y>j~> cri- brum (zaranda), que no es árabe, ha formado el verbo úi^ criba- re; de , Uá— eunuchus, *Ai~> eunuchizare ó eunugizare; i~>jJo y
lás-^L faceré, de ^sr'j^ y *•— \ j¿> , formas con las que el nombre apareee en Ms. aljamiados; de *> >* turca que tampoco es árabe,
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a^ ,; suspendere, probablemente on el sentido de ahorcar, no en las
'lemas acepciones de suspender; el verbo ,.r¿ .» propagare hempel- tar (pág. 540), probablemente formado sobre el supuesto nombre muero? y será el verbo que nosotros (en Ribagorza) decimos amor- ronar (amugronar).
28 (pág. 18).
El hecho de que en el Ms. haya muchas palabras ó frases lati- nas sin la correspondencia árabe, podría hacer sospechar que se tra- . ta del borrador ó autógrafo de una obra, y de todos modos, que el autor no la había dado por terminada.
29 (pág. 18).
Aunque la cuestión no tiene gran importancia en sí, merece que se examinen las razones en que el autor funda su opinión-, dice (pá- gina X): «Vt lexicum illud Petri de Alcalá, Hispano- Arabicum com- positum est Granatae, Vocabulista in Arábico in Catalonia (cum glossis saepe Catalanicis nondum á viris doctis ad origines linguae Catalanicae indagandas adhibitis) ita Glossarium nostrum Latino Arabicum in Hispania media vel occidentali (Castilla vel Portuga- llia) concinnatum esse videtur, ut ex equorum coloribus Ilispano- Lusitanis (Fortasse antiquissimum linguae Ilispanicae monumen- tum literis traditumi fol. 138 v. et ex linguae Latinae formis llis- panismum saepe olentibus, et ex vocabulis prope Lusitanicis coni- cere licet.»
En el texto transcrito, el Dr. Seybold indica que el Vocabulista,, escrito en el siglo xm, puede servir mucho para investigar ios orí- genes de la lengua catalana, que por este tiempo estaba casi defini- tivamente formada, aunque con referencia á los siglos del ix al \iv pudiera llamarse lengua de la España citerior y Mediodía de Fran- cia, pues las palabras catalanas ó valencianas de hoy que tiguran en las glosas, probablemente se emplearían aún en otros muchos puntos.
30 (pág. 18).
Edu&rdua hoehmer. — De Ungua Hispano Románica ex Glosas
rio Arábico et Latino illustranda l'Jdunrdi Boehmeri adnotatio, in- serta en sus Itomanischc Studien, I, 221-2:50. — De colorum nomini
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bus equinorum collectanea commentatio (Boehmerus Román. Stud. I, 231-294). — Vulgargriechisches aus piner spanischen Handschriít a Gulielmo Schmid (m Byzanliai&cue Zeit.carifc, 1896, págs. 406-7).
31 (pág. 18).
Los nombres de los colores de los caballos que figuran en el Glo- sario de Leyden, fueron publicados por el Sr. Simonet, pero según el Dr. Seybold, en malas condiciones; dice (pág. XV) después de haber citado varios errores de lectura en que incurrieron autores que estudiaron este códice: «comparanda etiam est doctissimi Simo- net nota (pág. CLX in Glossario supra laudato) ubi admodum vi- cióse edidit colorum illum brevem catalogum Hispano-Arabicum a Dozyo ipso ei ex códice nostro suppeditatum et comunicatum: legi- tur hic Murello pro Murzello — Butro pro Bayro (varius) — Horno pro Storno — Musuco pro Musacoh Los verdaderos nombres de los caba- llos, tal como se leen en el Glossario, según el Sr. Seybold, son Mur- cello, Ródano, Ruzit, Castango (¿dirá Castagno?), Bayro, Storno- albo, Pardo y Musaco (,pág. 554)» .
El Sr. Seybold sospecha que estos nombres sean «antiquissimum linguae Hispanicae monumentum literis traditum» , suposición poco fundada, pues cabalmente constan nombres de colores de caballos bastantes años antes; pues tenemos anotados: mulum amarellum en 928, B. N., p. 370. caballum basum año 1032 y caballum vayo año 1031. E. S., t. 38,
p. 288 y 297. mulo castaño año 1090? R. A., t. III, p. 762. muía mana año 934. E. S., t. 40, p. 400. caballum mauricello año 921, 928 B. N., p. 366 y 370. equo rosello año 893. M. C. D., p. 23. uno caballo rosello año 994. E. S., t. 36, p. 1. caballum rosellum año 1034. B. N., p. 366 y 450. cabalio (caballo) raudano año 994. E. S., t. 36, p. 1.
Para el Sr. Seybold es indicio del origen portugués del Glosario el que en Portugal se haya usado el nombre abobora ó abobra, que supone con fundamento es evolución de apoperis, apopores, en San Isidoro.
Si en el Glosario se hubiera puesto la palabra con la forma por- tuguesa, podría pasar que se tomara como indicio; pero como pa- rece evidente que el autor del Glosario tomó el fondo de la parte la- tina de obras anteriores influidas por la de San Isidoro, nada tiene
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de particular que incluyera la palabra apoperis sin cuidarse, y quizá sin saber, si la palabra se conservaba en alguna región de España, y constando que se conservaba en Portugal, es probable que se conservara en otras partes, pero que no consta.
32 (pág. 19).
En la pág. X dice: «Vt lexicum illud Petri de Alcalá Hispano Arabicum compo6Ítum est Granatae, Vocabulista in Arábico in Ca talonia cum glosis saepe Catalanicis nondum á viris doctis ad ori- gines linguae Catalanicae indagandas adhibitis\»
33 (pág. 20).
Comparado el número de palabras que tenemos ordenadas como de origen probablemente español en ambos Vocabularios, resulta que las tomadas exclusivamente del Glosario de Leyden no son la décima parte, si bien es verdad que algunas fueron ya aprove- chadas para el Diccionario de Freytag.
34 (pág. 22).
Barbier de Meinard: Journal Asiatique de París. Mars-Avril 1907, pág. 183.
35 (pág. 24).
Dos son los personajes que encontramos mencionados con el apodo de el Pollino: el primero, ó más antiguo, es el poeta Said, hijo deOtmán, hijo de Meruán, conocido por el Pollino (ó el Pollito), pues en el texto de Adabí, el autor más antiguo, donde le encontra- mos mencionado, dice que era conocido por el Pollito «jLJjJ|, si bien
u» ,» . I en nota se corrige esta lectura, indicando que la verdadera es » -V
palabra en la que casi es imposible, aun dentro de la vaguedad de la escritura árabe, el leer otra cosa qae Pollino: el autor dioe que era uno de los poetas de Almanzor, copiando algunos versos suyos: no dice cuándo murió, aunque parece indicarse que en 381 había muerto, ó al menos que eran antiguos versos compuestos por Said en loor de AJmanzor I'.. A. II.. i. III, !>i<>. h>; .
Contra la lectura d<-l códice indicado tenemos la etimología del
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mismo nombre escrito sin vocales y que Abensaid en el Ms. citado t'fol- 89 v.) explica diciendo: «y ¿¿JU' la ballena? es un pez grande conocido por bestia del mar.»
Algo más moderno que Said, y hasta pudiera suponerse que era hijo suyo, es Mohámed, hijo del Pollino, natural de Badajoz y resi- dente en Córdoba, conocido por el Gazj, por su asistencia ó adscrip- ción á la mezquita de Algazí en el interior de Córdoba, siendo uno de los discípulos aventajados de el Antaquí: debió morir hacia el ano 420.
Respecto del nombre del padre de Mohámed, la vocalización del
texto »¿J*J| parece que no deja lugar á dudas. (B. A. H., t. V, bio- grafía 415).
En Abenhazam (Ms. Ar. Ac. N. 6, fol. 57 v.) encuentro otro poe- ta y del mismo nombre Said, que es conocido por el Pollino: entre los descendientes de Meruán ben Alháquem menciona á Abdelmé- lic ben Ornar, el pariente de Abderrahman I, el que le obligó á su- primir la oración por los Abasíes, amenazándole, no con sublevar- se, sino con darse muerte por no oir el nombre de sus enemigos: de Abdelmélic dice que entró en Alandalus con una turba de sus hijos, de algunos de los cuales quedaba descendencia, entre ellos de Ab, dala, de quien descendía el visir su biznieto Alabas ben Abdelaziz ben Alabas, muerto por los cristianos, y ^ Aaí*. (sic) í¿JaJ| ,-Lí.M
,+~ .t- ¿JAI I el poeta, el pollino? Said, hijo de Mohámed, hijo de Alasi, hijo de Amr, hijo de Said, hijo de Alabas, hijo de Abdala: de donde resulta claro que sobrenombres de origen latino se apli- caban á individuos de la más alta aristocracia árabe.
36 (pág. 24). Con la cunya de iaJb ,.ni Abenbalit encontramos mencionados
dos personajes: como el nombre Wb no se encuentra en el Diccio- nario de Freitag, y Dozy lo incluye en el Supplement aux Diction naires, tomándolo de Bocthor, no parece que pueda considerarse como pala lira puramente árabe, ya que el significado de travieso ó desvergonzado ninguna conexión parece tener con el de la raíz kb: ni Lañe ni El Xartuní en sus grandes Diccionarios incluyen este nombre, como tampoco el que mencionaremos luegL ; cabe su-
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poner que Bocthor tomó el nombre 1=aíj de documentos que refleja sen la influencia latina, pues á este origen y al verbo pilare ó pi- llare parece que puede referirse el nombre J=Jj en el sentido de travieso ó desvergonzado, como nuestro nombre píllete.
El más antiguo de los dos personajes con( cidos por el hijo de Ballit es Abulcásem Ahmed, hijo de Moháxned, hijo de Alhasah, hijo de Málic, que era conocido, dice Abenalfaradí B. A. II. VII, bio. 189 , por el hijo de Balit: nació en Córdoba en el año 308 y mu- rió en la misma ciudad en 389.
No parece que tuviera conexión alguna con el anterior Aben Balit, otro con la misma denominación Abumohámed Ahdala, hijo de Ahmed, hijo de Balit, el Queisí, natural de Algeciras, que estu- dió en Sevilla y Córdoba, donde estaba en el año 503, y donde pro bableinente murió hacia el año 530, pues que el autor pone su bio- grafía entre los que mueren por estos años, aunque de éste, dice, no pudo ver la fecha de su muerte.
Si admitimos que la palabra ¿a**- corresponde á píllete ó pillet, tendremos la existencia de esta palabra desde principios del siglo x de nuestra era.
Como femenino del nombre JaX puede tomarse la palabra ÍJoJf
billete ó pillóte y que aparece en la cunya de Alasad (hijo de Ibra him, hijo de Asad) hijo de Billete ( ó Píllete), poeta del tiempo de Almotadid de Sevilla, muerto, según Adabí, en el año 440 (bio. 581
Abenbasam lo vocaliza ¿-W?, y Dozy (Loci de Abbadidis, tom. 1 ,
pág. 20 lee Billete conforme con la explicación etimológica que aparece en nota marginal de uno de los códices; nótese que el autor de la nota debió de leer billete con la b sin fortificar, y por tanto dio la explicación que correspondía á billete, no á píllete; por esto nos inclinamos á creer que debe leerse Pilletey no Billete, pues como apodo parece raro el nombre Billete: las formas J»4j y ** ':' nos parecen sinónimas, indicando, á lo sumo, formas algo diferen- tes de la palabra pillet y píllete; queda indicado que la autoridad de los moros en materia etimológica de palabras latinas, ó mejor dicho, extrañas á su lengua, es muy poca: en este caso pudo muy bien inducir á error al que puso la nota, la viciosa pronunciación de la palabra píllete, que los moros no saben pronunciar por no te- ner la letra p, la que representan por la , > duplicada, llamándola
en este c;is<> ha aefirnií.
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37 (pág. 24).
Tan lejos estamos de pensar que los arabistas sean impecables en este terreno, que no tememos asegurar que todos hemos pecado en interpretaciones, que pareciendo muy acertadas, son sin embar- go erróneas,, ó al menos aventuradas, y como los hechos dudosos, admitidos como prohados, con facilidad engendran errores más ó menos graves, nos permitimos citar aquí casos concretos, aun á true- que de haber de combatir á personas muy respetables; y para que no se crea que nos lleva á ello rivalidad personal, comenzaremos por una rectificación propia.
AlI publicar el Diccionario Biográfico del autor español, que todos hemos llamado Aben Pascual, no se nos ocurrió que el nombre ára- be JjjVá.i r- 1 podía admitir varias interpretaciones y le transcribi- mos, dando por sentado que el autor era un moro descendiente de un cristiano llamado Pascual, y, sin embargo, ni en la biografía del autor, ni en el cuerpo de la obra se encuentra indicación algu- na que dé apoyo á la sospecha de que el autor sea descendiente de un renegado.
La sospecha se fundaba sólo en que no siendo la palabra j\£¿*> nombre árabe, propio ó común, debía suponérsele hispano latino ó
ibérico, y debía leerse Bascual, y como la letra « > representa lo
mismo á la b que á la p, cuando los árabes transcriben una palabra que tenga esta letra, partiendo del supuesto de que se trataba de un nombre propio, no existiendo en nuestro santoral el nombre Pas- cua/, transcribimos Pascual, y parece que á nadie se le ocurrió po- ner en duda lo acertado de la lectura.
Ahora bien, en el desarrollo de nuestras investigaciones para el presente trabajo, hemos visto que en los sobrenombres ó apodos de moros españoles hay una serie muy numerosa de nombres no ára- bes que terminan en Jl y que parecen ser nombres diminutivos la- tino-ibéricos, ó árabes con forma latina; esto nos ha hecho sospe- char que en el nombre jU iu.< no hay un nombre propio latino, sino un diminutivo de un nombre común, que vino á ser apodo; cuál fuera este nombre común, no es fácil determinarlo, ya que caben varias combinaciones.
Contra la idea de que en las genealogías de personajes moros se conserven nombres de ascendientes cristianos, podría aducirse la costumbre comprobada en algunos casos, como en el del presbítero mallorquín Turmeda, que tomó el nombre de Abdala, hijo de Abda
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la, y que algún autor cita como procedimiento ordinario, no sé si con bastante fundamento.
En la genealogía del que hemos llamado Abcnpascual hay qui- zá una protesta contra esta denominación; el supuesto Pascual es hijo de Yíiniis, hijo de Dáhat, hijo de Abdelquerim, hijo de ^'afid, el Jazrachí, el Ansarí; de modo que resulta de ascendencia neta- mente musulmana; verdad es que cabe el recurso de decir que la familia ó descendencia de Pascual fingió una genealogía árabe para ocultar su origen cristiano; pero habría cometido la torpeza de con- servar el nombre, que podría tomarse como estigma de la familia, que siempre podría hacerse sospechosa de musulmanismo nuevo.
En confirmación de la sospecha de que en el nombre J _. ... puede estar oculto un apodo ó nombre terminado en el diminutivo el, tenemos el hecho de que entre los que figuran en Zaragoza en la Historia de los Sitios, encontramos un D. Juan Bascuel (La ( 'onde- sa de Bureta por D. Mariano de Paño, pág. 216 .
Aducidas las razones que nos han hecho dudar de que el nombre JU\.:.- .jl hijo ó descendiente de Pascual deba interpretarse de este modo, podemos y aun deberemos proceder de igual manera en casos análogos.
Dozy hubo de hablar de un ., »j~ ^1, á quien podríamos decir
que bautizó, llamándole hijo dé Martín, pues en nota déla pág. 375 (tomo I. Loci de Abhadidis) dice: «Scripsi .,...• f* non .,-• »-^, quia postrema vox, quantum scio, ñeque in lingua Arábica ñeque in lin- guá Hispánica exstat; .Martin vero Ilispanicum esse, et eomplures Moslimos in llispania nomina neo Latina gessisse, satis QQtum Praeterea fieri potest ut huius Muhammedis pater Jlispanus Ghris ti.nius fuerit, qui nomen Martini gesserit»; el Sr. Simonet aceptó la idea, adjudicando á los mozárabes la gloria del escritor, admitido sin más prueba como descendiente de un mozárabe apóstata; en el apodo ó sobrenombre rv .j puede perfectamente Leerse Martín] pero caben otras lecturas, entre otras las de tforatín, y en manera algu- na puede darse como probado que quien lleva este nombre deba ser considerado como mozárabe. Aun debemos añadir que la pala bra r3 pa> que Dozy aseguró no podía ser árabe, puede serlo: pue de ser genitivo del dual del nombre ?»*., que tiene muchos signiti cados, circunstancia que nos imposibilita la traducción, pues el per- sonaje pudiera ser llamado el de las dos tierras pedregosas, de los dos castigos, etc.
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En la obra del Sr. Simonet se encuentran casos parecidos, en los cuales, como en iü» ¿jl ^1, la lectura ó interpretación Abenabi
Toxina, el hijo del padre de Tonna (por Antonia), nos parecía jus- tificada; hoy nos inclinamos á creer que no hay tal nombre de An- tonia ó Tonna.
El llamar á un musulmán el padre de Antonia, implícitamente indicaría que una hija suya fué cristiana, y aunque esto á primera vista no repugna, no es probable dentro de la religión musulmana; pues la hija de un musulmán que abrazara el Cristianismo, irremi- siblemente, caso de ser habida, tenía que sufrir la pena de muerte: como el nombre tonna ó tona, en el sentido de tonel, aparece en do- cumentos de los siglos x y xi (años 972 y 1056), el nombre Abuton- na podría significar, no el padre del tonel, sino el del tonel, por al guna circunstancia especial de su vida, como, por ejemplo, que fue- ra muy aficionado al contenido del tonel, al vino.
Conste, por tanto, que muchos de los personajes que Dozy y Si monet han dado como mozárabes, es posible que no lo sean, y de todos modos no hay razón para darlo como probado sólo por los nombres.
38 fpág. 24).
Así, como hemos dicho, la palabra conchar tj-x-vS que pone Si- monet por conejero (perro), dudo mucho que nunca se haya dicho conchar, sino conechair ó conechero.
39 (pág. 26).
Como nombres de cunya ó apodos terminados en J!, Jj ó y y que no pueden ser árabes, por no existir raíz de que procedan, te- nemos anotados los siguientes, que sospechamos puedan correspon- der á apellidos españoles ó franceses: no ponemos la transcripción, porque con las consonantes solas cada nombre resultaría un rompe- cabezas, y el añadir vocales ó interpretar las existentes es resolver la cuestión: la ponemos solamente en los nombres cuya lectura pa- rece segura por corresponder á apellidos conocidos.
j-LJ Ms. Ar. Ac. N. 2, f. 45 v. (Aben Hayan).
JWj B. A. H., t. III, b. 1125.
JL^3 j> ^>| B. A. H., t. II, b. 1171; III, b. 91.
— 56 —
¿¿&i cr.¡ B. A. H., t. I, b. 164; II, 953; III, 479, 599; IV, 294, 300, 309, 479.
JlijS „r| B. A. H., t. VII, pág. 91.
JU^ ^| B. A. H. VI, b. 1001.
J*Jjak cr.| B. A. H. I, 684; III, 992; VIII, 1725.
JU^anJl B. A. II. I, 900.
Jlj^si ^1 B. A. II. V, 695.
JU¿ ó JUh Abenalabar, t. III, de la Tecmila, pág. 156; .4-be- nalcadi, edición de Fez, pág. 306.
^*1>*~J| el sabateró sapater, B. A. H. V, 515; VI, 1426.
J\jlL Abenaljatib, Ihata, Ms. Ar. Ac. N. 34, t. II, f. 139. jxLx± ^| Xantero?B. A. H., t. I, b. 37, 202, 204; III, 336; VIII, 1652, 1697.
SlJkj)* rf\ B. A. II. V, 160.
bh¿° cr;' B. A. II. 111,454.
Jj;J¡i> ^1 Ms. Ar. Ac. N. 2, f. 27 r., 125 v.
J.aJLL¿^| B. A. H. VII, 511.
Jjyié ^1 Ga/are/?B. A. H. VI, 689.
JUy ^\ FarguelPB. A. II. VIII, 1315.
JU** ^r.-l apud Fagnan, En-Nodjoum, pág. 78.
j!.5 cr.-! Ms. de la Biblioteca Nacional: Gg. 27, pág. 211.
Jbiy ^| Cardiel? B. A. H. II, 1100.
JlTjS cr! ó Jb^j Borriel? B. A. II. I, 822. AL..3 ^1 B. A. II. VI, L906.
JLL ,¿ ,,.| ó Jl ,1=3 Ihata, Ms. Ar. Ac, t. II, f. 16'.». J! .1=3 ^1 B. A. II. IV, 130; VI, 737, 1901.
J^Jj^l Abenalabar, Ms. fotografiado, pág. 303. )i'»ax3 ,, i Cantare!? B. A. H. VI, 1940
\
57
J,^¡>^ rf\ B. A. H. III, 101, 872; V, 253; VIII, 1112. Jv y* ^j; \ Martel? Abenfarhúa, edición litográfica de Fez, pá- gina 84.
,xly J,\ B. A. H. VI, 490.
J. Áxiy ó JLii-' B. A. H. III, 1384.
JliÜ B. A. H. VI, 1434; V, págs. 51, 52; VI, pág. 640.
J-xi-' B. A. H. I, 742; II, 1229; IV, 41; VI, 1311.
Jj,..\x., ,rj| Abenalcutiya, pág. 92.
Jj-X.<» yj\ Cartas, edición Tornberg., pág. 274.
Ji/^'^l B. A. H. IV, 132; V, 650.
JL-^ Abenalabar, Tecniila, t. III. Ms. fotografiado, pág. 211.
jLip ^| Mauchuel? B. A. H. IV, 149, 207; V, 690; VI, 1386.
jJo\ ,j/» r.| Aben Abi Osaibia, pág. 78.
Jl^lJl B. A. H. VI, 1577.
\y. {j;') Abdeluáhid, edición Dozy, pág. 139.
40 (pág. 26).
Hace muchos años intenté yo hacer algo en este sentido, pero sólo con referencia á mi pueblo é inmediatos, donde muchas plan tas y animalillos tienen nombres especiales; pero mis escasos cono cimientos en Zoología y Botánica me detenían á cada paso, no pu- diendo averiguar cómo se llamaba en castellano un animal ó una planta; á esto se debió el conocimiento del epiphigium Perezii, que en mi país llamamos pantingana, y nos hace mucho daño; quise averiguar su nombre y no me fué posible: había consultado sin éxito á profesores de Zoología, y ya profesor en la Universidad Central, consulté con mi compañero el Sr. Pérez Arcas, quien tam- poco lo pudo determinar y, habiendo enviado varios ejemplares á un entomólogo especialista, recibió la desconocida pantingana el nombre de epiphigium Perezii.
Partiendo de la idea de que muchos de los nombres vulgares de animales y plantas, que no figuran en nuestros incompletos Diccio-
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¿ii¿&j cr;| B. A. H., t. I, b. 164; II, 9 í; III, 479, 599; IV, 294, 300, 309, 479.
JUyA c,-| B. A. H., t. VII, pág. 91.
\Vs¿^ ^>\ B. A. H. VI, b. 1001. J.;^ cr.| B. A. H. I, 684; III, 992; V I, 1
JILI^J) B. A. H. I, 900.
JLj^a ^| B. A. H. V, 695.
JU.3 ó JL¿U Abcnalabar, t. III, de 1í; Vecmila, pág. 156; ylfee- nalcacli, edición de Fez, pág. 306.
,A^J| el sabateró sapater, B. A. I VI, 1426.
J\j¡LL Abenaljatib, Ihata, Ms. Ar. Ac , II, f. 139.
y¡LjL ^ | Xantero? B. A. H., 1. 1, b. 104; III, 336; VIII,
1652, 1697.
J.**!^ ^| B. A. H. V, 160.
J+iyJ» ^| B. A. II. 111,454.
Jj;JL ^.| Ms. Ar. Ac. N. 2, f. 27 r., 5 v.
Jillc^l b. A. H. VII, 511.
Sij** ^ ' &a/are/?B. A. H. VI, I
Jl¿,9 ^| Farguel?B. A. H. VIII, 13 .
JU*2 Cr.-I apud Fagnan, En-Nodjoun >
J\¿ ^.-í Ms. de la Biblioteca Nación 7, pág. 211.
JL> >j9 ^\ Cardiel?B. A. n. II, 1100.
S¿J tfS ó Jb¿ Borriel?B. A. H. I. Ak.i^-I B. A.H. VI, 1906. Jll/s ^\ ó J\jL¡ Ihata, Ms. Ar. Ac. fc. II, f. 169. JLU ^j B. A. H. IV, 130; VI, 737, 01. --• i¿r.;' Abenalabar, Ms. fotografiad pág. 303. Jl'ixs ,.t-| CaníareiPB. A. H. VI, 19
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fe:-i>;
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\ I
57
J~ j>cr: ti, 101, 872; V, 253; VIII, 1112.
J-'^-•c^, >enfarhún, edición litográfica de Fez, pá- gina 84.
_,aV cr:' B. A I, 190.
J &* ó J [.III, 1384.
JU^ B. A. B :J4; V, págs. 51, 52; VI, pág. 640.
Jc~- B. A. [I, 1229; IV. II; VI, 1311.
Jj ,.\Áo r-i \ ¡ya, pág. 92.
J-j-x f iión Tornberg., pág. 274.
J^'cr:! I V, 650.
Jl>V Aben , ecmila, t. III. Ms. fotografiado, pág. 211.
Jljlt,'^ >B. A. H [V, 149, 207; V, 690; VI, 18É
j*b\ < <- . ibia, pág. 78.
Jl^lH B. A I .".77.
l^j cr;' Al ¡ edición Dozy, pág. 189
W(pág. -
Hace mucho i ente yo hacer algo en este sentido, pero sólo con referen »ueblo é inmediatos, donde muchas plan tas y animalillos ubres especiales; pero mis escasos cono cimientos en Zoo. i '.otánica me detenían á cada paso, no pu- diendo averiguar e llamaba en castellano un animal ó una planta; á esto se de > conocimiento del epiphigium Perezii, que en mi país llamam / itingana, y nos hace mucho daño; quise averiguar su nom no me fué posible: había consultado sin éxito á profesores logia, y ya profesor en la Universidad Central, consulté con u compañero el Sr. Pérez Arcas, quien tam- poco lo uudo determina y, habiendo enviado varios ejemplares á un entomólogo es; t, recibió la desconocida pantingana el nombre de epiphi. zii.
Partiendo de la i o; le que muchos de los nombres vulgares de
animales y plantas figuran en nuestros incompletos Diccio-
i
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narios regionales, deben ser también conocidos en algunos de los dialectos franceses, escribimos a nuestro buen amigo el hispanófilo Mr. L. Barrau-Dihigo, rogándole que averiguase si en algún punto de Francia eran conocidos con el mismo nombre que en Ribagorza ciertos animales, cuyos nombres castellanos y ribagorzanos le dába- mos: aunque nuestro amigo nos prometía extender su investigación á cuantos nombres quisiéramos, como nuestro objeto ahora era sim- plemente comprobar la bondad ó tontería de la idea, para en caso favorable señalarla á la atención de los aficionados á los estudios regionales, limitamos nuestra lista á muy pocos nombres.
El Sr. Barrau-Dihigo nos remitió extensas notas referentes á los nombres sometidos á su examen, indicando los nombres ó varian- tes con que se los designa en diferentes regiones, señalando por supuesto las fuentes autorizadas, y en extensa carta resumía el re sultado de sus investigaciones diciendo lo siguiente:
«Para la palabra paniquesa no encuentro equivalente, ó mejor análoga: sin embargo, existe en Gers la palabra pancarro para de- signar la comadreja: esta palabra es dada por Mistral, que parece haberla tomado de Cenat-Moncaut, Dictionnaire gascón ira nr ais: tii pancarro existe, hay en esto, á pesar de todo, algo interesante.
«La palabra />arr/a/ se refiere, según todas las trazas, á la misma raíz que passeraí, passeroua, etc., otras formas que sirven para designar el gorrión. Note usted que Mistral señala en Roussillon el empleo de la palabra pardal.» Los Glosarios de Schiaparelli y «le Leyden, lo mismo que Abenguzmán, indican la existencia de este nombre (vóase Simonet i.
En Kaynouard encuentro la p i labra guiner en sentido de zorra: evidentemente es lo mismo que el nombre aragonés guiñen que us ted me indica
«Resta el nombre somero (asno): aquí no puede haber la menoi duda; usted notará la identidad de somero con saumiero, saumieiro y los diminutivos saumcirat (someretj, sñumeirot y s&umeirou.*
Aficiones bien diferentes me han llevado últimamente á encon- trar un nombre quizá local de kil>a<íorza, de una variedad de olivo, poco conocida en España y que encuentro usado en alguna región de Francia; en la obra El Olivo, La Aceituna, El Aceite, de don Guillermo Guillen García (Barcelona, l!K)ií , á pesar de que el autor se propuso dar los nombres de las variedades cultivadas en España, indicando los nombres de las conocidas ó comunes de cada región, no menciona la variedad llamada piga, indudablemente la mejor
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de las variedades que se cultivan en Fonz provincia de Huesca), y luego, mencionando algunas cultivadas en Francia, cita la pigale, que en el Herault llaman pigau, en Narbona picatada y en Grasse Olivier marbré y Olivier táchete; es muy posible que la variedad designada no sea la misma, pero el nombre no cabe duda de que es el mismo.
41 (pág. 27).
Don Eduardo Jusué (B. R. A. H., t. XLV, pág. 419) después de ha- ber citado documentos del Cartulario del Monasterio de Santo To- rihio de Liébana, de los años 826, 829, 837 y 8G4, en los cuales apa- rece el nombre gasalia nes, fija el significado de este nombre, que no consta en Ducange, diciendo:
«Esta voz gasalianes es genérica y significa personas asociadas á otra ó á otras para cualquier fin. Es de origen germánico de la misma raíz que la voz francesa gazaille, casi equivalente á la cas- tellana aparcería.»
Del mismo Cartulario ha publicado después un documento del ano 796 (B. R. A. II., t. XLVI, pág. 70), en el cual aparece de nuevo este nombre, que no encuentro en otros documentos de la misma época, y por tanto podría suponerse que en aquella región se usaba mucho, y poco en otras, aunque sí en Zaragoza, donde se conservó como apodo ó apellido de una familia.
A mitad del siglo xi, hacia la época en que Abenbuclarís escri bía en Zaragoza su libro, por el cual consta el uso de palabras qne hoy no entendería ningún zaragozano no erudito, probablemente sería conocida la palabra gasalián, pues era muy importante en di cha ciudad la familia de los Benigasalián, de la cual se mencionan dos ilustres jurisconsultos, Ahumeruán Abdelmélic, hijo de Abdé- rrahman, hijo de Gasalián, muerto después del año 500 (B. A. H., t. IV, b. 226 y t. VI, b. 1697), y su hijo Abulháquem Abderrahwan, muerto en Córdoba en 554, mucho más citado que su padre (B. A. H., t. I, b. 750; t. III, b. 1.034; t. IV, b. 215, yt.Vy VI, donde se le cita por incidencia, pág. 53, 216, 256, 312, 563, 576).
El Sr. Simonet (pág. 248 de su Glosario de voces ibéricas y la- tinas usadas entre los Mozárabes) incluye esta palabra con la for- ma gaxalyan, citando algunas de los documentos aquí indicados.
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42 (pág. 27).
De más importancia que la familia de los Benigasalián en Za- ragoza, faé sin duda la de los Benifórtis? í~> y ?¿j que florecía por el mismo tiempo, habiendo ya figurado algún individuo de ella en el reinado de Abderrahman III.
Respecto del apodo ^JJ y hay la particularidad de que su ori- gen consta como bastante antiguo, pues Abenalabar nos dice que el primero á quien se aplicó este apodo; fué Suléiman, tatarabuelo de
Mohámad, hijo de Ahmed y como Mohániad vivía hacia el año
350, el apellido Fórtis contaría en esta familia por lo menos unos ciento cincuenta años de existencia, ó sea hacia el año 200 de la hégira.
Abenhazam (Ms. Ar. Ac, n. 6, fol. 223 v., que corresponde al fol. 178 v. del Ms. de la Biblioteca de Túnez, n. 5013; dice que el solar délos Beniodra en Alandalus eran Dalia y j^ss-vi y Kahian?]
de ellos hay una gente en la Frontera y de ella son los Benifórtis, de quienes hay muchos (número) en Zaragoza. En la copia de la Academia el nombre de los Benitortis está escrito iUj\yy* ; pero en nuestra copia de este texto, hecha por mí en Túnez, consta de un modo correcto. Resulta, por tanto, que los Benifórtis no eran una familia de renegados ó muladíes, como podía sospecharse por el apodo latino, sino de pura cepa árabe.
U ay que tener presente, por más que parezca observación obvia, que el mismo apodo ó apellido no prueba que todos los individuos que lo ostentan sean de la misma familia; así, entre los moros de Zaragoza que llevan este apodo, no resulta claro por la genealogía que todos entronquen con Suléiman Fórtis; mucho menos pretende- mus que los Fórtis de Zaragoza, si se conservan hoy como liare cin- cuenta años, tengan este origen.
Podrían reunirse muchas noticias de los Benifórtis menciona-
■ ■ ; igraKas en los varios tomos de La 1!. A. II., pero en
genera] tienen poca importancia; sólo diremos, aprovechando la
slón, que la biografía de Abdelmélic, hijo de Ismail, hijo de \fo- hamed, hijo de Fórtis, mencionada en el texto publicado en el '■ VI, bio. L6 -dta bastante diferente en el códice existente
en el Cairo y que nos faé racilitado por el distinguido bibliófilo imán Pacha Abaza, <!<■ cuyo códice tenemos rol «grafía: en dicho códice faltan tro Líneas altimas, que constan en el códice del
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Escorial, y que por cierto en ellas se hace mención de la muerte del biografiado, estando preso en el castillo de ¿ .,jí-- 3? en compañía de su hermano el cadí Mohámed, el jueves, á cinco por andar del mes rebi 1.° y fué enterrado en Zaragoza el sábado á dos noches por andar (sic) del mismo mes.
43 (pág. 27).
Dentro de la índole de la lengua árabe es tan característico el que los nombres deben poderse considerar como procedentes de una raíz árabe conocida, que el Sr. Dozy, consultado acerca del nombre propio J.ajJ que parece leerse en lugar muy preferente en una mo- neda de Zaragoza del año 428, no aceptaba la lectura por no existir en árabe la radical correspondiente J^J: la razón sería aceptable si el nombre se refiriese á personaje de origen árabe; pero el de la moneda, personaje sin duda de categoría, pudo ser de prosapia cristiana ó judía.
44 (pág. 28).
Es tan marcado el carácter arcaico que en los escritos aljamia- dos tiene la lengua empleada por los moriscos, que habiendo yo leído algunos trozos de un manuscrito redactado poco después del año 1525 al Sr. D. Jerónimo Borao, gran conocedor de la literatura aragonesa medioeval, le pareció que reflejaba el estado de la lengua á principios del siglo xv.
45 (pág. 30).
El haberse aplicado á la lectura de los nombres propios antiguos las reglas más ó menos exactas que se dan para el árabe escrito ó clásico, ha producido graves errores en la geografía arábigo-espa- pañola: e\j uau de prolongación después de la vocal dama, hace que ésta suene ordinariamente como u en lo árabe, y por esto se creyó que debía transcribirse Tarracuna, Barceluna, Tarasuna, siendo así que en realidad en lo aljamiado, y como aljamiados de- ben leerse los nombres propios, el uau de prolongación indica que en esa sílaba se carga el acento, Tarracdna, Barcelona, Tarasdna, lo mismo que en Osuna y Porcuna, en cuyas dos palabras la misma combinación de signos deberá leerse u, no o.
Una cosa análoga sucede con la vocal íatha seguida de álifde prolongación: en árabe, generalmente indica sonido a; por eso Con-
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de llamó á Lérida ¡O ,j Lareda, cuando en realidad la escritura in- dica que se debe cargar el acento en la primera, que lo mismo po- dría leerse con vocal a que con vocal e, siendo ésta la que más co- múnmente debe suponerse en lo aljamiado.
46 (pág. 30).
La forma del nombre de Balaguer j>-h hubo de chocar á Dozy por la supresión de la r: habiéndole dicho, contostando á una carta suya, que hoy el pueblo pronuncia dicho nombre suprimiendo di- cha letra, y que probablemente tal supresión era muy antigua, y que los árabes debieron oir el nombre de esta población pronun- ciado como hoy, me decía en carta de 19 de Noviembre de 1880: «Votre éclaircissement sur la prononciation du nom propre Bala- guer m'a été fort utile.
»Je m'explique a présent comment il se fait que je trouve Bala
gue chez un auteur du XII.e siecle et ^¿li chez les Árabes.»
El patronímico del nombre .* b aparece ordinariamente en los autores árabes bajo la forma .-¿L' ó gilJl. Como ya se encuen- tra citado el nombre de Balaguer en la forma _*'>.' en Abenhayán al tratar del reinado del emir Abdala (de 275 á 30(V), resulta que la /• se suprimía 3a á fines del siglo IX, y creemos probable que lo mismo fuera al tiempo de la conquista.
47 (pág. 30).
Como algunas de nuestras letras representan hoy sonido moy diferente del que representaban en lo antiguo, se hace muy difícil dar con una transcripción aceptable de los nombres escritos con ca racteres árabes; así, el nombre del río que hoy llamamos Tajo, <-u realidad lo representaba bien la forma árabe «a J, pero es porque la,/ tenía entonces próximamente el sonido que tiene la j I' raí u v nosotros tenemos que asimilar á la ch\ así qne so pronunciaba coni'i si hoy escribiéramos Tacho: el tratar de dar Idea de cómo Be llamaban algunas poblaciones al tiempo de la conquista, según lo que resulta del modo con que las transcribí. n»n I«>s árabes, se hace muy <líf¡<íl por haber de comparar la Fonética de dos escrituras, ninguna <le las cuab-s n< - es bien conocida; así. en el nombre Ga- llego citado, resulta que la g i'',: Ida de In alai irible-
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ron por ~ , lo mismo que en el nombre Galicia, y con referencia á Galacia, en Asia Menor, la transcribieron por ¿ ; quizá haya de te- nerse en cuenta la diferencia de pronunciación de una misma letra latina en diferentes regiones, y la diferencia del modo de percibir los sonidos según que el oyente estuviese acostumbrado á unos ó á otros.
48 (pág. 31).
Me ocurre con este motivo, aunque aquí quizá no venga muy á cuento, el error en que yo induje á Dozy al consultarle el contenido de una moneda, que yo creí de Zaragoza, y que después, por las observaciones del Sr. D. Antonio Vives, resultó indudable ser de Tudeia.
Se trataba de una moneda, española por supuesto, del período de los reyes de Taifas, en la cual figuraba el nombre de un rey Mondir, que la acuñaba en nombre del verdadero ó supuesto Hi- xem II; como la moneda tenía grandes am logias con otras de Za- ragoza del mismo tiempo y no constaba entonces en parte alguna que hubiese habido fuera de Zaragoza otro rey del mismo nombre, yo creí que podía atribuirse á Mondir el Tochibí. Dozy, á quien habían preocupado mucho las complicaciones, que en los autores árabes se traslucen respecto á los reyes de esta ciudad, y que por aquellos tiempos había encontrado noticias interesantes relativas al que ya entonces conocíamos como Mondir II, aceptó mi suposición, que cuadraba con los nuevos datos y al parecer los confirmaba; como en la moneda (núm. 1261 de la obra del Sr. Vives) no se conocía la fecha y estaba acuñada á nombre de Hixem II, aunque con el nom- bre /wJj.jYI, siendo así que Mondir, años antes las había acuñado en Zaragoza á nombre de Hixem III Almotad, inferimos como muy natural que, muerto éste en 428 y habiendo aparecido pocos años antes el supuesto Hixem II, Mondir le había reconocido como otros reyes de Taifas, y que la moneda era del año 428, aunque sólo apa- recía en ella la unidad .XJ ocho; pero que después, convencido sin duda de la superchería, le había negado la obediencia, como pare- cían indicarlo los nuevos datos, según los cuales, el general Abdala, de acuerdo con el rey de Lérida, le dio muerte por haber negado la obediencia al legítimo califa Hixem II; todo esto parecía muy claro á Dozy, lo mismo que á mí; pero nuevos descubrimientos nos dieron á conocer monedas acuñadas pocos años después en Tudeia por otro
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Mondir, no conocido antes, á loque se unió el que el Sr. D. Antonio Vives nos hiciese ver que el metal de la moneda en cuestión era muy diferente del que aparece en las monedas de la decena de 420 i 1 '•' I, pues en este período se rebaja de un modo visible la ley de la mo- neda, tanto en el oro como en la plata, observación que tiene gran aplicación al estudio de las monedas de este período j que deberán utilizar los historiadores para apreciar el estado económico de la España musulmana durante el período de los reyes de Taifas.
*^k
CONTESTACIÓN
n. 1VE £¡ ]M S ]\T D S Z PIDAIj
Señores:
Como acabáis de oir, hay en los estudios árabes multitud de aspectos que nos interesan para revelarnos algo del estado antiquísimo de nuestro idioma, pues los autores musulmanes empleaban á veces en sus obras alguna que otra voz tomada de boca de los vencidos españoles, cuando éstos aún no sabían emplear su propia lengua por escrito, valiéndose en tal caso sólo de la latina.
Esa abigarrada mezcla de vocablos que á veces ocurre en las obras transmitidas por intermedio de los árabes, fué nota- da desde muy antiguo; advirtióla ya el franciscano Rogerio Bacon, cuando hacia 1267 escribía su Ojpus majus, en los po- cos años de respiro que, gracias á Clemente IV, le dejaron los superiores de su Orden, incansables en agobiar con trabas y entredichos aquella libre inteligencia, superior á su tiempo. En el capítulo del Opus majus que versa sobre la utilidad de las lenguas, Bacon, recomendando el estudio del árabe, nota también que las traducciones de libros científicos hechas al latín están llenas de vocablos españoles y de otras lenguas maternas, y á propósito refiere una anécdota de cátedra que le gustaba recordar.
Cuenta que, leyendo un día con sus alumnos la traducción latina del Líber Vegetabüium, atribuido á Aristóteles (hecha del árabe por el inglés Alfredo de Sareshel, hacia 1250, quizá en Toledo), no supo explicar el párrafo que dice «belenum in Perside perniciosissimum, transplantatum Hierusalem factum est comestibile». Bacon, no conforme con los doctores que afir- maban de ligero ser belenum voz árabe, declaró francamente no entender el vocablo. Pero entre los estudiantes había algu-
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no3 españoles que sonrieron ante esta sencilla confesión del doctor m i r a b i 1 i s ; ellos comprendían bien el pasaje , pues belenum no era en verdad ninguna voz arábiga, sino lisa y llanamente la española heleno, voz que quizá so hallaría en el texto árabe perdido del libro de Aristóteles, pues hacia 1110, Ben Buclarix, en su tratado de materia médica, al lado del nombre árabe de la planta, usa de la voz belenyo, dándonos el primer testimonio de ella antes que la podamos descubrir en escritos de los cristianos.
Pero si desde tan antiguo se lia llamado la atención sobre estos primeros testimonios del habla vulgar española, lo cierto ea que, según nos ha dicho el Sr. Codera, esos vestigios per- manecen aún sin estudiar debidamente, como riqueza ente- rrada en un yacimiento rebelde á la explotación. El aprove- chamiento de esa materia es muy difícil, como acabáis de oir; pero la misma dificultad es atractiva y estimula el inte- rés; por donde, al verme ahora en el trance de contestar al discurso de Codera, siento la tentación de rebuscar algo en el terreno que por mi incompetencia debiera serme vedado. No voy, empero, á desobedecer el último encargo del discurso que aún suena en nuestros oídos; jamás lo haría, á pesar de que Codera tiene indulgencia paternal para sus discípulos (y yo soy uno de ellos, aunque olvidadizo y, ya hace mucho, de- sertor), si no contase con la licencia y los consejos del maes- tro, que me permiten hablar apoyado en aquélla y pertrécha- lo con éstos.
Mi tentación consiste en que entreveo la posibilidad de examinar cierto número de esos viejos vocablos transmitidos por medio de la literatura árabe, y agruparlos de modo que nos den alguna idea, aunque muy vaga, de lo que era nuestro idioma en esa época de sus orígenes que podemos llamar pre- histórica.
El pueblo hispano-god<> que se quedó á vivir entre los mu- sulmanes vencedores del rey Rodrigo, conserva BU propio len guaje; como, por ejemplo, el pueblo beréber del Norte de Afri ca conservó el suyo (y l<> conserva hasta hoy día) convivien- do cni) ci Idioma árabe.
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Era entonces la de los españoles una lengua que estaba muy lejos de poder aspirar á un cultivo literario, frente á la lengua latina que era la oficial en el imperio visigodo; y claro es que los mozárabes, por el estado de postración en que ca- yeron, no podían llevar su idioma á un grado de desarrollo conveniente para que, andando lossiglos, se convirtiese en len- gua escrita. A pesar de las exageradas afirmaciones de Si- monet, hemos de creer que la lengua de los mozárabes per- maneció estacionaria y pobre; figurémonos su estado compa- rándola al castellano que hablan hoy los judíos españoles, dispersados entre la población musulmana de Turquía por el decreto de expulsión de 1492: conservan, sí, la lengua caste- llana, á pesar de cuatro siglos transcurridos; mas aunque ésta en la época de la expulsión florecía con un antiguo cultivo li- terario, los judíos la conservan estancada, casi en el mismo estado en que se hallaba en el siglo xv, sin participar de los progresos que hizo en la Península. Claro es que en situación aún más desfavorable conservarían los mozárabes una lengua que aún no había llegado á escribirse nunca; pero el estacio- namiento mismo con que la conservaran daría gran interés á ese lenguaje, si algo lográsemos saber de él, pues nos dejaría -adivinar lo que había sido el romance español de la época visigoda.
Además, los mozárabes no sólo representan la lengua de esa época casi sin evolución, mejor que podían hacerlo los nuevos reinos cristianos del Norte de España, sino que la re- presentan sobre una extensión territorial grande y variada, equivalente casi á la de la totalidad del reino destruido, ó al menos de sus regiones más prósperas y cultas, mientras los cristianos del Norte la representan sólo sobre una región pe- queña y apartada del antiguo centro político visigodo. Com- préndase ahora la importancia que tendría el poder sondear el lenguaje mozárabe en varias de las comarcas apartadas en que se hablaba; mas, por desgracia, los mozárabes no nos de- jaron de su idioma ningún monumento escrito, y sólo una que otra voz de su boca pasó á la pluma de algún escritor árabe.
Ahora bien; ¿podríamos, á través del extraño consonantis-
— Tu- mo y del impreciso vocalismo del alfabeto árabe, averiguar los sonidos que los musulmanes oían á la población románica española que entre ellos se había quedado á vivir? Si esto lo- grásemos, tendríamos una idea de lo que era la lengua habla- da en el imperio visigodo el día de su ruina.
Refiere Jordanes, el historiador de los godos, que cuando este pueblo emigraba á la Escitia conducido por su rey Fili- mer, al atravesar un largo puente se hundió éste con el peso de los ganados y los hombres, quedando muchos de unos y otros sepultados en las grandes lagunas y tremedales, que ha- cían intransitable aquella tierra: y aun hoy. añade Jordanes, cuantos por allí pasan aseguran que se oyen á lo lejos confu- sas palabras de hombres y voces de rebaños sumergidos allí en los pasados siglos. Tal leyenda pudiéramos aplicarla á la ruina posterior del imperio hispano-gótico. Este, al choque de la invasión islamita, desapareció sumergido en el florecimien- to militar y literario de los conquistadores; pero después de los siglos, voces confusas de ese pueblo anegado se dejan oír perdidas en el vasto fondo de la literatura arábigo-hispa- na, y nosotros, como los pasajeros de Jordanes, nos sentimos atraídos á escuchar esas palabras llenas de misterio, para sorprender en ellas algo de lo que podía ser el idioma que ha- blaba el pueblo hispano-godo el día que se hundió en la dee trosa laguna de la Janda.
Intentemos recoger algunas de estas voces.
El cordobés Ben Cuzmáu nos da el modelo más insigne de l<> que era la lengua árabe tal como se hablaba entre los mo- ros cultos de España á principios del siglo xn; Ben Cuzmán canta en sus versos el vino y el amor, como tantos otros poe- ii- árabes; pero su novedad, para nuestro caso, consiste en que, como nos ha explicado Codera, el autor cordobés salpica la Lengua árabe con vocablos españoles. Asi el códice de San Petcrsbnrgo. único '|iie nos conserva las poesías de Ben Cuz- mán, á pesar de estar copiado allá en oriente por un musul- mán que nada sabría de las lenguas romances de España, es precioso recurso para el estudio de éstas, pues nos conserva muchas palabras que los mozárabes cordobeses hablan ¡mil
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trado en la lengua de sus dominadores. Notemos, ahora sola mente, que Ben Cuzmán usa un nombre del calendario cristia- no, el del mes de Enero, á que llama yenáir. Por otra parte, el ilustre literato Ben Jóljol, médico del califa Hixem II, en un comentario árabe sobre el botánico griego Dioscórides, es- crito en Córdoba el año 982, registra el vocablo yenexta como usado por los españoles andaluces para designar la planta hi- niesta; y el herbolario malagueño Ben Albeitar nos transmite también el diminutivo yenextella con que el romance de la re- gión que este autor conocía designaba otra planta análoga á la hiniesta. Por tales ejemplos vemos que, tanto en yenáir como en yenexta, ios mozárabes andaluces conservaban la, j ó g la- tina inicial de januarius, genesta, del mismo modo que conservaban la de j u n c u s , j u n i u s , diciendo, se- gún el testimonio de otros autores árabes, y unco, y unió. Aho- ra bien, la lengua castellana difiere de los demás idiomas ro- mances sus hermanos en perder la, j ó g latina inicial delan- te de e ó / inacentuada, por ejemplo en los vocablos enero, hiniesta, hinojo, helar, enebro, mientras los otros idiomas de la Península conservan la consonante latina, de acuerdo con el francés, italiano y demás idiomas romances, y así el portugués dice Janeiro, giesta; el leonés y aragonés genero, giniesta, y el catalán janer, ginesta. Por donde vemos que el romance ha- blado en la Andalucía, antes de la reconquista de esta región, convenía en este rasgo con el portugués, leonés, aragonés y catalán, y no con el castellano.
La misma observación se desprende de otra clase de voca- blos que nos muestran que la j, característica del castellano (como sonido derivado de los de ly, c'l y g'l latinos), no era conocida en la España mozárabe. La hierba, llamada en caste- llano cerraja, llamábase entre los mozárabes xarralla ó xa- rralya, según nos lo atestiguan autores árabes de muy diver- sas regiones, entre otros el malagueño Ben Albeitar, el zara- gozano Ben Buclarix, ya citados, y el tunecino Ben Aljazzar; y los moros granadinos del siglo xv no llamaban á la planta sino xarráyla. El animal que en castellano se llama conejo, se decía entre los mozárabes conelyo, conelya, según el cordobés
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Abulwálid y el zaragozano Ben Buclarix. y la voz se pronun- ciaba también asi conüya) por los mismos musulmanes que en el siglo xin vivían en el reino de Valencia. Hasta los mo- zárabes toledanos, á pesar de convivir con los reconquistado- res castellanos que pronunciaban afijado, meaja, viejo, se- minan pronunciando como sus antepasados enflyat, medcüya, velyo. En suma, por tales ejemplos vemos que el habla mozá- rabe difería del castellano en no usar la j en estas voces, Bino la 11, coincidiendo con los demás idiomas romances, incluso el portugués, leonés, aragonés y catalán, que todos obran de acuerdo en esto contra el castellano.
De todos los demás romances se diferencia también el cas- tellano por su ch, correspondiente á los sonidos latinos ct ólt. Así, mientras el portugués, leonés occidental y aragonés di- cen feito, hite, noite ó nueite, y el catalán /V/, llet , nit, concor- dando en sustancia con el italiano, francés, etc., el castella- no creó un sonido nuevo, diciendo hecho, leche, noche. Pues bien, este sonido especial no existía entre los mozárabes, se- gún se desprende del nombre de lahtairuela, que les oía pro- nunciar en el siglo xi el zaragozano Ben Buclarix, para de- signar una hierba lechera; ó el de lahtaira, que les oía en el siglo x el cordobés Ben Jóljol, p¿ira designar la planta cuaja- leche. Añadamos que los moros cordobeses habían tomado de los mozárabes el vocablo nohte por noche, voz incluida por el citado Ben Cuzmán en sus poesías árabes.
Estos y otros rasgos por el estilo que podríamos reunir nos vienen á mostrar una conclusión importante: el romance que durante la dominación musulmana Be hablaba en Anda- lucía, en Zaragoza ó en Toledo se parecía, más que al ca llano, á los otros romances peninsulares. Quizá más qui ninguno se parecía al gallego-portugués y al leonés occiden- tal en conservar tenazmente el diptongo ei, que el castella- no y el catalán desecharou pronto. En Córdoba, en el bí- \ii, Ben Cuzmán escribía palabras cuino pandáir ó pan- dero, f a jaira ó fazera, por cara, yanáir ó Janeiro, uombre del primer mes del ano. Un literato de Valencia, muerto poco antes que Don Jaime el Conquistador Be apoderase de esa
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ciudad, era apodado Qábatáir como si dijésemos, á lo galle- go, el zapateiro; y esta pronunciación era la corriente en los hispanismos acogidos por el árabe de las costas levantinas de España, donde en el siglo xni se decía febráir, pandáir, xái- ra y xairon (para designar lo que el portugués llama seira y el castellano sera ó serón), xemtáir, por sendero, ballextáira por ballestera, nombres que aún hoy duran en el árabe de Marruecos y de Argelia. Los mozárabes toledanos, en el mis- mo siglo xin y en medio de los castellanos reconquistadores, seguían diciendo valga de mejor gana que vega, y xemtáir febráir, como los moros levantinos. En fin, todavía á fines del siglo xv, cuando (digámoslo con un juego de palabras enton- ces de moda) Granada fué ganada, los moros recién someti- dos á los Reyes Católicos pronunciaban escaláira por escale- ra, cálgetáir y gapatáir por calcetero, zapatero, etc. (formas tomadas por ellos del romance hablado desde antiguo en aquel reino), y conservaban por ese estilo gran porción de nombres topográficos, en vista de los cuales diríais que los re- conquistadores castellanos recobraban una región que, antes de arabizada, había sido gallega: en la escritura de erección de la flamante diócesis de Granada, fecha en 1500, y en el re- partimiento de lugares de moriscos hacia 1574, halláis nom- bres de pueblos como Capileira, Pampaneira, Junqueira, Lanteira; nombres que en su mayoría aún hoy perduran, con esa extraña forma, en las provincias de Granada, Mála- ga y Almería. Los castellanos tuvieron que someterse á la primitiva pronunciación románica del país, sin fuerza para alterarla, salvo en casos excepcionales; por ejemplo: lograron generalizar el nombre de Colomera para el pueblo fronterizo, que Ben Alhatib, el famoso secretario de los reyes de Grana- da, llamaba Colombáira.
En conclusión: atendiendo á todos estos testimonios que rá- pidamente hemos aducido, creo que el habla de los mozára- bes, ora de Zaragoza y Valencia, ora de Córdoba, Granada ó Toledo, tenía ciertos caracteres comunes que la distinguían de la después cultivada en Castilla, y que no podía poseer sino como continuación de una cierta unidad de idioma pro-
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veniente de los tiempos visigodos. Por lo tanto, remontándo- nos más, creo que el habla toledana, usada por los nobles y el pueblo de la corte del rey Rodrigo, se parecía antes bien al gallego y al asturiano ó leonés occidental que al castella- no. Desde entonces, ¡cuánta honda conmoción de razas y do- minaciones trastornó á la imperial ciudad, antes que su claustro catedral, su Zocodober y sus tenerías viniesen á ser el centro y norma del buen decir castellano, para todas las clases sociales, según creían los contemporáneos de Cer- vantes.
En fin, esta opinión que acabamos de exponer trae como consecuencia una sumaria teoría del estado prehistórico de los idiomas romances en la Península. Estos hallábanse hasta el siglo xi distribuidos en forma muy diversa de la que des- pués estuvieron. En el mapa lingüístico de España desde el siglo xin acá los dos extremos dialectales, es decir, el portu- gués y leonés al Occidente, y el catalán y aragonés al Orien- te, están absolutamente aislados por el castellano, que emp- uño y otro se dilata en una zona central ensanchada notable- mente de Norte á Sur. Muy al contrario nos hemos de repre- sentar el mapa antiguo: esos dos extremos, no sólo se acerca- ban más por el Norte, sino que se unían en el centro y el Sur, mediante el habla de las regiones de Toledo y Andalucía, análoga á la de los extremos. Es decir, lo mismo la corte que lis últimas provincias del reino visigodo hablaban una len- gua bastante uniforme en sus rasgos principales, aecho que nos explica las chocantes semejanzas que enfrente del caste- llano encontramos hoy entre el portugués y el Leonés de un lado, comparados al catalán y aragonés de otro. Sólo allá, al Norte del reino visigótico, se alimentaba Latente una radí cal disidencia Lingüística, en un rincón do la Cantabria, en la tierra encastillada y Fuerte, que Luego vino á sor toco de una disidencia política, proclamada y afirmada por rebeldes famosos, como el gran conde Fernán González. Pero más tardo, en los siglos xi y xii, la expansión militar y social do pequeño rincón de España, el empuje que Castilla Bupo dar á la reconquista y á \b Literatura, propagó el dialecto
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castellano, antes insignificante, dilatándolo por el Sur, de don- de desalojó al empobrecido idioma de los mozárabes, rom- piendo así el lazo de unión que antes existía entre los dos ex- tremos oriental y occidental. He aquí por qué hoy aparecen totalmente aislados, á pesar de sus chocantes semejanzas, el portugués y leonés del catalán y aragonés, dialectos extre- mos que antes se daban la mano por el intermedio de una se- rie de dialectos afines que se hablaban en Toledo y en An- dalucía.
* *
He dicho que había empezado esta disquisición contando con el consentimiento del Sr. Codera; pero ahora doy en re- celar que quizá no cuente ya con él, pues he llegado á afir- mar demasiado. Codera, por su manera de ser, huye de todo lo hipotético, y bien sabemos los que hemos sido alumnos su- yos hasta qué punto nos inculcaba el espíritu de la prudente duda científica.
Para quien no esté habituado á experimentar las peligro- sas complicaciones que entraña todo problema histórico, una consulta dirigida á Codera suele tener un resultado desconso- lador, porque lejos de conducir á una solución, acaba en un encogimiento, de hombros, gesto habitual del maestro. Pero bien recuerdo lo educador que para nosotros, sus alumnos, resultaba este ademán, por lo mismo que es tan poco frecuen- te. En cambio, tenemos siempre entre nosotros el tipo opuesto á Codera: el erudito vulgar, que satisfecho de su mucha doc- trina, y sintiéndose siempre seguro de sus improvisadas opi- niones, las prodiga á la menor ocasión, hablando acaso de gramática sin saber distinguir sus partes, ó bien, si está mejor documentado, sin darse cuenta de que cada problema exige, no una orientación general, sino, como acaba de decir Codera, una especialización que permita abarcar firmemente un con-
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junto de conocimientos para dar opinión en cuestiones á él referentes. Este tipo abunde, merced á la opinión vulgar que cree que la ciencia es sólo una afirmación de cosas averigua- das, y se comprende muy bien lo útil que nos era á los estu- diantes hallar al maestro siempre propsnso á decir que no sa- bía, pues así veíamos cómo la ciencia no es una cosa hecha, sino que se hace de continuo. El maestro aducía muchos datos ,i •• t« a de una cuestión, y en seguida, él mismo, los invalida- b i, haciendo comprender la dificultad de una solución termi- nante, y guiando á la iluda provocaba el esfuerzo para que el alumno se crease laboriosamente una opinión propia.
Otra cualidad de Todera, recuerdo, nos impresionaba: la generosidad más absoluta. Comenzaba á manifestársenos en el préstamo de libros que él hacía pródigamente, cuando aún apenas no3 conocía. Bien lo sabéis cuantos prestáis libros; el plazo del disfrute tiende con facilidad á convertirse en indefi- nido, y el volumen no vuelve á su dueño. Pero Codera, á este argumento de la experiencia diaria, contestaba tranquilo en su decisión: «Más quiero perder alguno de mis libros que no guardarlos inútiles en el estante cuando alguien los necesita.
Luego probábamos otra generosidad mayor. Codera da toda su erudición á quien quiera que se la pide, y no la da sólo en conversación y en consejos, sino en los propios apuntes ori- ginales. Es más, Codera, al hacer sus lecturas, no piensa en sí mismo, no toma sólo las notas que cree serán provechosas para los trabajos que proyecta, sino que piensa Bobre todo en ser útil á los demás y «aerifica firme y resignadamente su tiempo, tomando cuantas notas hayan de ser útiles á cual- quiera que pueda presentarse necesitándolas. Asi Codera ha llegado á formar un rico aparato histórico, mediante el meto dico esquilmo de los historiadores árabes, aparato que hemos utilizado 'Mantos lo necesitamos, y que ahora ae está copian- do íntegro en sus 50.000 cédulas, para entregarlo al príncipe l . ■ >ne Caetano di Teano, quien queriendo publicar un grande
Onomástico del Islam, ha codiciad" los cuela lo reunidos por Cociera. Este ha 11* gado al más porTecto desinterés científico:
él ii" se estima á si mismo en nada: la ciencia ;i que sirve i,
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es todo; él se considera como un simple eslabón en una serie, destinado á mantener la continuidad, y no otra cosa. Por esto su trabajo es para el primero que lo solicita.
El fondo mismo de la enseñanza dada en clase por Codera, recuerdo haber tenido para nosotros bastante de útil nove- dad. Entonces (no sé si aun ahora), la enseñanza de las otras lenguas era, generalmente, ó un enorme cúmulo de reglas teóricas que poco ayudaban á la práctica, ó si acaso un es- fuerzo por dominar la práctica y llegar á traducir el idioma estudiado; pero nada más. Mientras en árabe, la gramática se reducía á 100 paginillas; las reglas se iban dando conforme se necesitaban en la práctica, y así se llegaba pronto á tradu- cir; pero luego, el traducir no era el fin de la enseñanza, sino un instrumento para penetrar algo en la vida y el alma de los pueblos de lengua árabe: en clase íbamos entreviendo algo de la política, la religión, la vida privada de los musulmanes. Examinando, por ejemplo, las monedas arábigo-hispanas, ejercitándonos en sacar improntas de ellas y en clasificarlas, nos ensayábamos en cuestiones cronológicas y aprendíamos algo de los descubrimientos que en esta materia había hecho Codera, quien con ayuda de las monedas estudiadas según todo un sistema original, rectificaba muchas noticias recibi- das en las historias [de los musulmanes; dando los primeros pasos en la paleografía aljamiada, estudiábamos algo de la vida religiosa y jurídica, sobre todo de la literatura novelesca de los últimos moriscos que en España residieron;* leyenck) algún historiador árabe, Codera nos exponía el fruto de sus propios trabajos mostrándonos cómo la novelesca historia de Munuza y Lampegia, ó los orígenes de Aragón y de Navarra tan llenos de misterio, ó la rota de Roncesvalles, famosa en el mundo por el genio de la poesía francesa, no habían recibido aún de los textos árabes toda la luz que debía esclarecerlos. Así veíamos que el estudio del árabe podía ser para nosotros una frente de trabajos propios, y nos esforzábamos por apro- vechar en él.
Esto se hacía sin que Codera se molestase lo más mínimo en exponer la importancia de su asignatura, cuestión que en-
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tonces solía absorber las explicaciones de algún catedrático hasta por espacio de dos ó tres meses. Codera no gastaba en esto palabras expresivas; no intentaba convencer A sus alum- nos del interés que el estudio del árabe encerraba. Pero por sus trabajos en clase, por sus conversaciones continuas, por su vida toda, aparecía á nuestros ojos como el interés mismo personificado: y esto, claro es, convencía y atraía más que largas disertaciones y razonamientos: no despertaba la viva curiosidad de un instante, sino, á la larga, el convencimiento duradero.
Al fin de curso, Codera se ofrecía, con palabras tan esca- sas cuanto sinceras, á continuar privadamente las relaciones de estudio que entonces terminaban en la Universidad; y el que aprovechaba esa invitación hallaba siempre la más franca acogida en el despacho de Codera, entre paredes tapizadas de volúmenes, entre cajas llenas de un bien organizado aparato científico, y al lado de un maestro dedicado enteramente á re- gistrar esas cajas y á recorrer los estantes en obsequio del aprendiz. Allí se veía á Codera rodeado de sus discípulos como de su única familia, y el neófito se encariñaba pronto con aquel ambiente de trabajo, con aquella consagración asi- dua á una materia ardua y rebelde.
Allí se iniciaron varios continuadores de la obra del ni ais tro. El primero de todos Don Julián Ribera, hoy catedrático de Madrid, recién elegido en nuestra Academia, el que más ha hecho por el ensanchamiento de la escuela naciente; lue- go Don Pascual Menéu, que también ocupa una cátedra; y alrededor de éstos los prosélitos aumentaron: Pona y Roca, malogrados cuando empezaban á dar sus primeros frutos; Asín, eminente investigado!' en el campo de la filosofía inii- sulmana; Gaspar y Ramiro, Linares, doctos cultivadores d< la historia política, diplomática y social de los moros españo- les y africanos. En fin, se formó todo un grupo de trabajado res en la . cuando antes no había habido sino al-
gunos eruditos insignes, que, como suele Buceder desgracia clámente con los hombres de ciencia en España, morían sin non, dejando tras si un vacio que nadie llenaba.
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Cuando yo conocí á Codera, la escuela pasaba malos tiempos. Ribera estaba alejado en Zaragoza, y el maestro se hallaba solo, teniendo que hacer en sus trabajos los esfuerzos de un Robinsón. Hallábase empeñado en la publicación de Ben Alfaradhí, que formaría los tomos 7.° y 8.° de la Biblio- teca Arábico-hispana. Era esta Biblioteca el primer esfuerzo que modernamente se hacía en España para contribuir á la edición de textos árabes; sus tomos ofrecían unidad de asunto, pues todos contenían biografías de musulmanes españoles cé- lebres, como doctores y literatos. En esta grave empresa de cultura científica, Codera era el autor, Codera hacía de edi- tor y, aun más, Codera hacía de cajista, pues rota en nuestro país la tradición de esto3 trabajos, faltaban también las im- prentas capaces de hacerlos. Los manuscritos árabes del Es- corial que, por una feliz liberalidad después no imitada, po- dían pasar temporadas largas en casa de Codera, iban co- piándose directamente del códice original en el plomo de la imprenta, sin intermedio de amanuense extraño, sin que en la pesada tarea mediasen más que los ojos y las manos de Codera, ó á todo más, de alguno de sus discípulos.
El Ben Alfaradhí que entonces publicaba Codera, habíalo obtenido de un librero de Túnez, quien sacando el manus- crito, como para su uso, de la mezquita donde se custodiaba, lo había remitido á Madrid por el correo. No se compren- derá bien todo el esfuerzo de convicción que Codera hubo de desarrollar para este préstamo del benemérito librero tuneci- no, si no se tiene idea de lo que es el comercio de libros en África. Codera estaba aquel año recién venido de su viaje científico por Oran, Argel, Túnez y Constantina, gracias al cual había registrado buen número de bibliotecas, ora de las mezquitas, ora de los particulares, y nos relataba frecuente- mente los esfuerzos de perseverancia y maña que había em- pleado en vencer la repugnancia que el musulmán tiene para facilitar sus tesoros bibliográficos á un extranjero; moro hay que no consentiría que sus libros, llenos del santo nombre de Allah, fuesen tocados siquiera por las manos de un infiel; la pregunta de si es lícito escribir el Corán en papel fabricado
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por los cristianos, fué contestada negativamente por algunos doctores.
En este medio hostil supo Codera insinuarse tanto, que lo- gró ver algo más que otros doctos arabistas europeos que le habían precedido en la visita a las bibliotecas; pero aun asi. las dificultades eran enormes. El acceso á una biblioteca, so- bre todo si es privada, es siempre un señalado favor. Laberín- ticos pasillos dan entrada á una habitación chica, jamás baña- da por el rayo del sol, sino por una luz refleja y escasa; en la habitación, fuera de la anaquelería de los libros, no hay otro mueble, salvo acaso una silla que nadie se atreve á ocupar el primero. Allí el visitante, de pie, hostigado por las miradas de los curiosos, por las atenciones del dueño de la biblioteca y por la impaciencia del amigo introductor, carece de la ne- cesaria tranquilidad para la lectura; pero es preciso aprove- char la difícil visita, y Codera, tomando al azar un volumen ú otro, sabe hallar materiales para rehacer la historia de loa reyes de taifa aragoneses y andaluces, ó sabe descubrir rela- tos de las embajadas que de continuo llegaban á Córdoba á raíz de la muerte de Fernán González, para pedir á Alhá- kem II paz ó protección, ora á nombre del conde barcelom '•-> Borrell I, que envía al califa 30 esclavos ricamente atavia- dos, ora á nombre de Fernán Lainez, conde de Simancas, ó de Fernán Ansúrez, conde de Monzón, sorprendiendo noticias de estos y otros personajes cristianos, muchos de ellos olvida- dos desde antiguo en su patria, y de los cuales sólo queda hoy memoria en los libros árabes de estas bibliotecas africanas.
Todas estas dificultades aumentan con la honradez biblio- gráfica de nuestro tiempo, que no tolera aquellos pasados bi- bliopiratas sin ley. Rodríguez Marín nos ha contado con su habitual donaire que el hebraísta Don Francisco Orchell se creía autorizado á hurtar un libro si concurrían cuatro con- diciones: 1.a, que el libro no estuviese venal en las librerías; 1. '', que el poseedor no quisiese venderlo, ni regalarlo y no fuese capaz de sacar más utilidad de 1" que guardaba que el perro del hortelano; ;>.", que la posesión do! libro Fuese de primera utilidad para I trchell, y 4.a, que éste bailase una oca-
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sión propicia para (digámoslo con un eufemismo) para ser el primer ocupante del libro que él consideraba cosa nullius.
Las cuatro condiciones reunía, y alguna aún más favo- rable, un codiciado volumen de la biblioteca que en Constan- tina poseía el noble musulmán Sidi Hamudah. De una ligera noticia sobre ese libro, comunicada por un profesor francés de Argel, había inducido Codera que se trataba de uno de los tomos del Almoctabic. escrito por el cordobés Ben Hayyán, príncipe de los historiadores árabes, obra de la cual sólo se conocía un tomo conservado en Oxford, siendo así que la obra total consta de diez, toios referentes á la Historia de España y escritos, al parecer, en presencia de documentos oficiales árabes. Codera, al llegar á Constantina, comprobó su induc- ción; aquel libro era, en efecto; un segundo tomo de la de- seada obra de Ben Hayyán, y hallaba que, no sólo el posee- dor del volumen, sino un erudito europeo, desconocían el grande interés del mismo; además, el dueño no lo quería ven- der á ningún precio; ni siquiera se encontraba quien se en- cargase de sacar de él una copia. Y en estos apuros, alguien poco escrupuloso se brindaba á intentar una sustracción. Cla- ro es que Codera renunció á este modo de adquirir, que Or- chell hubiera dado por bueno, y se aventuró á esperar tiem- pos mejores. Estos llegaron, y Codera obtuvo una copia del manuscrito de Constantina, gracias á la cual nos pudo parti- cipar el circunstanciado relato de importantes episodios his- tóricos del siglo x, por ejemplo, la prisión de los embajadores castellanos en Córdoba en los últimos años de Alhákem II, y la desastrosa campaña que contra el castillo de Grormaz em- prendieron el año 975 el conde de Castilla G-arci Fernández y el rey de Navarra Sancho García, sangrientamente des- hechos junto al Duero por el famoso Grálib, el suegro de Al- manzor; páginas de nuestra historia antes absolutamente ig- noradas, y ahora palpitantes con ese interés de actualidad que saben dar á sus relatos los historiadores árabes, y más un escritor del mérito de Ben Hayyán.
Como fruto de su viaje al África, Codera no sólo publica- ba esos estudios, sino que enriquecía la biblioteca de la Acá-
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demia de la Historia con unos cincuenta códices referentes á cosas de España. Hizo Codera este viaje por especial inicia- tiva y empeño de Cánovas, que entonces era presidente de aquella Academia. Un político de la gran cultura de éste po- día interesarse por tales empresas, yendo á buscar á Codera para sacarle de su retraimiento habitual; pero los trabajos del maestro no podían ser bastante apreciados por la genera- lidad, y pocos anos después me comunicaba Codera con resig- nada amargura que el Ministerio de Fomento había suprimido el escaso auxilio que concedía á la Biblioteca Arábico-hispa- na, y que ésta tenía que cesar en su tomo X.
Codera no tuvo una queja para este golpe. Al abandonar forzosamente la útil empresa en que estaba empeñado, se puso inmediatamente á trabajar en una continuación de la Historia de los Musulmanes españoles de Dozy, y pronto pu- blicó un tomo dedicado á la dominación de los almorávides, desenmarañando la complicada cronología, los confusos rela- tos de la época y pintándonos á los nuevos invasores de Es- paña algo menos bárbaros y fanáticos que lo que Dozy había juzgado.
* * *
Debiera yo aquí ahora, según costumbre de estos actos académicos, no contentarme con los recuerdos que buena- mente acuden á mi memoria, sino enumerar y examinar las obras principales del que entra á formar parte de nuestra Corporación. No lo haré aunque, qo haciéndolo, lleve mal la voz de la Academia en este acto), porque me siento sin títulos para ello. Los tenía como nadie, uno de los más antiguos tniembros de esta casa, el eminente arabista D. Eduardo Saa- vedra, pues á sus profundos conocimientos en las materias cultivadas por el Sr. Codera, suma una temprana amistad con el mismo. Por esto, él fué quien al frente del volumen
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de estudios eruditos que los orientalistas europeos dedicaron en 1903 á Codera, expuso la interesante biografía y trazó la copiosa bibliografía de éste; él era, sin duda, el indicado para recibirle hoy aquí, diciendo todos los méritos, reseñando los múltiples trabajos del nuevo académico que viene á honrar nuestra Corporación. Al deber yo sustituir al Sr. Saavedra, no puedo ver en Don Francisco Codera un compañero, y sólo se me ocurre manifestar alguna de las ideas é impresiones que en un estudiante despertaba el trato con Condera. Esta manifestación es el único saludo que ahora acierta á dirigir á su antiguo maestro, quien al recibirle en esta casa se siente conmovido, sobre todo, en los recuerdos de antiguo discípulo, que si no son los del aprendizaje, ya olvidados ciertamente, son los que no se desarraigan del corazón, los de la gratitud y del cariño.
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demia de la Historia con unos cincu< ta códices referentes á cosas de España. Hizo Codera est< >or especial inicia-
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Codera no tuvo una queja pai olpe. Al abandonar
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